México a 200 años de vida independiente

José Manuel Villalpando en el prólogo de su novela “Mi gobierno será detestado”, (“las memorias que nunca escribió Félix María Calleja”) señala que los actores que protagonizaron la lucha de independencia de México, planteaban un escenario y unas expectativas muy diferentes a como en realidad se dieron las cosas. Dice Villapando: “Existía (…) un proyecto original diferente de independencia, que fincaba su legitimidad y su viabilidad en la riqueza novohispana, con miras a convertirla en una nación libre, a la altura de las primeras potencias del mundo…” Creían sinceramente en el destino promisorio de México. Pero el sueño quedó destruido en cuanto la revolución tomó un cauce violento: Expresión de las profundas fracturas sociales no contempladas por los gestores del movimiento. Continúa Villalpando: “Cabe preguntarse hoy, después de la experiencia mexicana de casi dos siglos de una independencia que no pudo remediar el problema del mal gobierno, ni el de la pobreza, ni el de la injusticia, si el proyecto original no hubiese conducido a la nación por otros rumbos de mayor felicidad y prosperidad”. Y dice también: “La historia no tendría razón de ser si no tuviera sentido de contemporaneidad”.

Reflexionemos, pues. Los primeros 100 años de historia propiamente mexicana fueron terribles. Del cuerno de la abundancia nos quedamos con el puro cuerno en buena medida por nuestra incapacidad para manejar nuestras diferencias y reconocer y valorar al otro, al distinto. Cien años de negar al prójimo. Marcados por cegueras ideológicas de uno y otro signo y encerrados en muros de intolerancia construidos a balazos, el siglo XIX mexicano se resolvió finalmente bajo el régimen de Porfirio Díaz en parte por agotamiento de los contrincantes, en parte por la prudencial aplicación de la política de “destierro, encierro o entierro”, en parte por una pragmática esperanza en el progreso que seguiría al orden.

Pero en la ancianidad del dictador, ya no hubo manera de contener “al tigre”, y las muchas contradicciones y fracturas del tejido social mexicano volvieron a estallar con gran violencia. Y fue otro régimen autoritario, “la Dictadura Perfecta” le llamó Mario Vargas Llosa, la que le devolvió el orden al país y pudimos avanzar en varios órdenes: Desarrollo institucional, políticas sociales, surgimiento de una clase media educada y relativamente próspera. Sin embargo, la “Pax Revolucionaria” tuvo una contracara también terrible: No sólo siguió sin resolverse el problema de la marginación social (y aquí seguimos con nuestros famosos 40 millones de pobres –más, menos-); el régimen emanado de la Revolución Mexicana tuvo una dinámica corporativa, clientelar, autoritaria y, sobretodo, cimentada en la corrupción como modus operandi de la acción política, que nos dejó un legado cívico monstruoso.

En el esperanzador y cabalístico año 2000, aterrizamos en lo que parecía un nuevo régimen: Por fin democrático; por fin donde operaba ya la división de poderes y la rendición de cuentas. El México del siglo XXI amanecía con buenas credenciales ante la comunidad de naciones; miembro de la OCDE, socio “privilegiado” en el libre comercio con Estados Unidos y Canadá; con una Miss Universo (ya dos) y tres premios Nobel (Literatura, Química y de la Paz). México, pensamos, había finalmente logrado su Transición a la democracia y, con ello, a la tan anhelada Modernidad.

Pero parece que “siempre no”. Y aquí estamos en el 2010, con la verdadera Hillary (la Clinton) diciendo que México hoy se parece a la Colombia de hace 20 años y que el fenómeno del narco podría derivar en insurgencia (que quien tenga oídos para oír que oiga). Algunos observadores vemos, con suma preocupación, un tejido social muy descompuesto, enojado, con pocas esperanzas para el futuro; con chavos en Apatzingán o en Tamaulipas que ven sólo dos escenarios positivos en su porvenir: Migrar a Estados Unidos o entrarle al narco o a otras formas de la economía del crimen. Nos preocupan los ninis y los nininis (los mayores de 50 años que ni estudian ni trabajan ni son jóvenes). Nos inquietan sobremanera los rasgos de “Estado Fallido” que vemos en varias regiones del país (Tamaulipas, Chihuahua, Sinaloa, Michoacán…) donde se vive prácticamente sin Ley y donde no se ve cómo se puedan articular políticas públicas que enderecen las cosas. A algunos observadores nos preocupa sentirnos como secuestrados por una clase política si no incompetente, al menos impotente, o miope, mezquina y egoísta, incapaz de hacer algo por el Bien Común. Secuestrados por una serie de reglas institucionales verdaderamente absurdas (las más) que paralizan la acción de la burocracia estatal y paralizan también la posible corrección de las cosas. Reglas que para cambiarlas, se requiere la acción coordinada y responsable justamente de esa clase política, la cual no parece interesada en hacerlo, porque lucra con ellas.

Muchos mexicanos llegamos pues a las celebraciones del bicentenario, quizá con poco ánimo para celebrar. Inquietos, desilusionados, con ganas de anular el voto porque lo mismo da quién gane una elección, pero eso sería como “tirar la toalla”. Pero ese estado de ánimo es también la puerta que abre otros horizontes: Puerta que nos pone en movimiento para tratar de cambiar las cosas. Esa sensación de desagrado con la situación prevaleciente fue la que puso en movimiento, precisamente, a los “héroes que nos dieron patria” en la década de 1810 y a los que clamaron por democracia y justicia social en la década de 1910. ¿Qué tendremos frente a nosotros para la década del 2010?

¿Dónde estamos realmente? ¿Hacia dónde debemos ir? ¿Hacia dónde realmente vamos?

Septiembre, 2010.

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