¡Es la Ética, güey! Una reflexión en torno a nuestro bicentenario

1. Una lección de nuestra historia

Iniciamos el cabalístico año 10 del siglo XXI, año de centenario y bicentenario de días terribles pero significativos en el tejido de nuestra historia y nuestra memoria común.

En el siglo XIX, en el significativo 1810, al grito de “a matar gachupines”, se va dando forma a una Guerra de Independencia propiamente sin proyecto, pero con mucha violencia. Y durante la mayor parte de dicho siglo, el discurso dominante de las élites políticas fue progresivamente renegando del pasado colonial (aunque lo trajeran puesto) y, en su radicalismo, liberal o conservador, se mantuvo incapaz de integrar la diversidad de cosmovisiones y modos de ser y de pensar existentes en el territorio mexicano. El resultado fue un siglo dominado por la intolerancia, con saldo negativo para el desarrollo y de pérdidas gravísimas de riqueza territorial, social y económica.

El siglo XX, inició con el orden y progreso que permitió la síntesis histórica porfiriana que, quizá encarnara el mismo Don Porfirio: un liberal aliado con los conservadores; indígena blanqueado, mixteco afrancesado; masón casado con católica y cercano a la Iglesia por las dudas. Pero esta síntesis porfiriana y apertura a la alteridad fue siempre parcial y sólo permitida bajo su estricto control y desde dentro del cerrado orden establecido. Al final del régimen, la falta de apertura a lo otro, a lo distinto y a lo nuevo, quebró la modernización porfirista y volvió a sumir al país en el caos, el atraso y las pérdidas crecientes por otras dos décadas, hasta que la llamda “Paz Revolucionaria” logró, más o menos, incorporar en su seno la pluralidad existente en el país. Otra vez, la incorporación fue parcial, clientelar y también, como en el porfiriato, cerrada: Se puede casi todo, pero sólo desde el partido de la Revolución (PRIo PNR o PRM), con los costos evidentes en materia de derechos humanos y  la rampante corrupción que acarrea consigo todo modelo de gestión cerrado y clientelar, que terminó por ser el cemento mismo con que se pegaban los ladrillos que levantaron el muro, todavía no totalmente derribado, del llamado “sistema político mexicano”.

A lo largo de esta historia así definida entre la cerrazón y el autoritarismo, México no sólo no ha encontrado un camino como sociedad abierta: Tampoco ha encontrado lugar para la virtud como divisa de cambio en la vida pública. Y los grandes ideales, las grandes aspiraciones y los valores más nobles y elevados han ido cediendo espacio a una racionalidad de la acción social cada vez más cínica, acomodaticia y baja que culminó con aquella expresión que “la moral es un árbol que da moras” y la política es el arte de quedar bien con el de arriba y nada más.

Al llegar al 2010, con casi doscientos años andados como nación, seguimos padeciendo el mismo terrible mal que ha bloqueado el pleno despegue del progreso mexicano, que se sigue quedando más como promesa que como realidad. Creo que una de las principales lecciones que debemos aprender de nuestra historia patria es que la intolerancia paga mal: Que la cerrazón, la mezquindad, la traición, las cosmovisiones excluyentes y la visión sin ideales y de miras bajas, no permiten construir casi nada e impiden, como pocas otras cosas, el desarrollo.

No es otra la causa de la imposibilidad de las reformas estructurales que urgen desde hace unos 15 años y que, en su ausencia, nos mantienen en una posición estratégica muy endeble en diversos órdenes de nuestra agenda pública. Así, recibimos nuestro bicentenario con el ancestral problema de la desigualdad en la distribución del ingreso apuntando a nuestro corazón y con una juventud que iba a ser “bono demográfico” pero que ve pocas oportunidades para su desarrollo (y que encuentra cada vez más aconsejable emigrar como “bracero” o “hacer oficio” en alguna de las ramas de la economía del crimen). Estos son los problemas sociales más graves que yo veo. Pero hay otros muy serios que también preocupan sobremanera: Desde el diseño de incentivos estructurales del sistema político que no facilita ni la negociación ni el consenso hasta la desaparición (desde el final de la década de los 80´s) de una política de Estado para el desarrollo económico, que ha dejado en el desamparo a dos sectores clave incluso para la seguridad nacional: las pymes y al campo (por su impacto en la generación de empleos y la movilidad social), y como consecuencia, a nuestra economía cada vez más fragmentada y, en términos generales, estancada y con muy escasa capacidad para la generación de empleos. Grave es también la parálisis financiera del Gobierno, sea porque a falta de revolución fiscal ni tiene ni tendrá dinero, pero sea también porque lo poco que hay, se atora en la infame maraña burocrática.

2. ¡Es la Ética, güey!

No hay reformas porque no hay encuentro. Y no hay encuentro porque la mezquindad de unos y otros se opone a la generosidad debida que reclama también valores y altitud de miras. No hay encuentro porque los intereses bajos y cortoplacistas se acaban imponiendo sobre los ideales nobles y los objetivos estratégicos. Y no hay encuentro porque los vicios de antaño dominan sobre los valores elevados y trascendentes que reclaman su realización y esperan para ser puestos en acto. No hay encuentro. Ni acuerdos ni proyecto de mejora que pueda realizarse, porque el bien privado acaba imperando sobre el bien común.

Se atribuye a un senador estadunidense la siguiente frase: “Si hay integridad, todo lo demás, no cuenta. Si no hay integridad, todo lo demás, no cuenta”. Y la integridad es la cualidad de la persona entera en virtudes, de una sola pieza, a la que no le hace falta nada. Congruente entre pensamiento, palabra y acción. ¿Cómo estamos posicionados al respecto en el país de las traiciones y los albures? Y no hablamos del pueblo llano, ¿qué hay de nuestros liderazgos (públicos y privados, políticos y empresariales)?

Es ya trillada la frase que se puso de moda en los Estados Unidos durante la campaña de Bill Clinton contra George H.W. Bush: It is the economy, stupid! Esta expresión, para el caso mexicano, desde luego que también aplica (y hasta aplica más). Pero aquí, necesitamos acuñar otra que nos hace más falta: ¡Es la Ética, güey!

Es, en efecto, a la Ética o Filosofía Moral que Aristóteles llamó también Filosofía Práctica, a que tenemos que apelar para empezar a caminar los mexicanos por otros senderos distintos y mejores a los que hemos recorrido en nuestro pasado como nación.  Primero, la reflexión seria, profunda, inteligente, sobre aquellas conductas nuestras que son preferibles o deseables sobre otras; la claridad sobre nuestros actos y sus consecuencias para saber qué es mejor hacer y qué no; la comprensión esencial sobre la Ética y su incorporación permanente a la racionalidad de nuestra acción, entendiendo que no se trata de valores caprichosos o mocherías, sino la expresión material de nuestra inteligencia para asegurarnos una vida buena y próspera. Segundo, la toma de conciencia, muy clara de nuevo para Aristóteles, que Ética y Política van juntas y que no es posible la buena vida pública sin el esfuerzo individual (de cada ciudadano de la polis) en pos de la virtud, de la vida virtuosa y apegada a valores elevados. Es importante que los mexicanos entendamos que no hay nada más práctico que la realización de una vida virtuosa para sanear nuestra vida pública y hacerla prosperar.

Cosas tales como honrar la verdad, la integridad, cumplir la palabra o el sentido del honor, elevan la calidad de la vida pública: El desempeño de las instituciones, la realización de los acuerdos, el nivel del debate, el análisis de los problemas, la generación de soluciones y la dinámica del proceso electoral y los cambios de los grupos en el poder. Y el valor de conceptos como el amor a la patria, la primacía del bien común o la visión de Estado, tiene el poder para elevar a mayor altura y fortalecer a los siempre frágiles hombres que hacen la política o la tarea de gobernar.

El ejercicio prudente del gobierno para alcanzar la prosperidad y la justicia, requieren de otra virtud: La magnanimidad. Esta grandeza de alma que tanta falta nos hace contra la mezquindad tan frecuentemente dominante y nociva.

3. Una lección de otra historia y una tarea impostergable

Hace unos días terminé de leer un libro que me ha dejado más de lo que me esperaba: Anatomía de un Instante, de Javier Cercas (publicado por Mondadori). El texto narra con brillantez y un admirable esfuerzo de investigación periodística un episodio significativo en la transición española a la democracia: El intento fallido de golpe de estado el 23 de febrero de 1981. Además de recomendar esta lectura a los interesados en el tema, quiero compartir las lecciones centrales que extraigo de esta lectura.

Los grandes sucesos de la historia, igual que los pequeños y los insignificantes, se tejen por las acciones de hombres tan frágiles como el cristal o el hielo. Por decirlo de algún modo: Todos con los calcetines rotos y sus pecados a cuestas. A menudo casi sonámbulos que parecieran caminar semidormidos o apenas conscientes de la magnitud de sus actos o la trascendencia del momento que viven. Pero al final, todo cuenta. Hay instantes definitorios, donde las actitudes y acciones de unos cuantos empujan la historia hacia delante o la hacen retroceder, iluminando a la humanidad o sumiéndola en la penumbra. Un instante, en que, los que se convierten en héroes, lo logran porque dan el paso decisivo de generosidad, de valor, de buen sentido. Un instante donde un pequeño hombre, pecador y frágil, puede optar por lo mejor, por lo peor o por lo neutro: Meter su cabeza bajo la tierra y no hacer olas; dejarse llevar por sus miedos e inseguridades o hacer la diferencia moviéndose hacia lo más elevado, motivado quizá por el futuro para sus hijos, quizá por el temor de Dios, quizá para honrar un viejo principio heredado en casa y transmitido quizá por su padre o su madre o por su abuelo. Pero es un solo instante en que pudiendo descender a la penumbra o quedarse parado, nomás mirando y sin abrir la boca, decide mejor, nuestro hombre frágil y pecador, como de vidrio, dar el paso hacia arriba y trascender.

Algo así es lo que nos explica Javier Cercas sobre el suceso referido en España como “23 F”. Era un golpe de estado, cocinado por meses, ante un gobierno en crisis, para una transición política plagada de riesgos y que aún no se resolvía; que pendía de un hilo (o de unos cuantos). Proceso político en que lo fácil (pero no lo mejor) era quizá echarse hacia atrás, no hacer olas y volver al franquismo: Es más cómodo siempre preservar el status quo, que  asumir la aventura de cambiar y liberar nuevas fuerzas que no conocemos y demandarán nuevas respuestas efectivas y crecimiento moral de todos los involucrados.

Al inicio de aquel año decisivo para la transición española, buena parte de las clases dirigentes de España (políticos, empresarios, militares, medios de comunicación, jerarquía eclesiástica) tenía bien abonado el terreno contra el jefe de Gobierno, Adolfo Suárez, al que se le había acabado la cuerda, la iniciativa y la inspiración. El mismo Rey, Don Juan Carlos, parecía querer deshacerse de Suárez y había contribuido a crear un clima político favorable al golpe que habría arrojado la transición española al cesto poco honroso de las transiciones fallidas. Pero un instante basta para estar a la altura de lo mejor y esa es toda la diferencia. Fueron unos cuantos los que hicieron lo que debían hacer para responder debidamente a la trascendencia del momento. Y olvidando sus intereses políticos y personales de corto plazo, más allá del “cálculo político” y el interés partidario, pensando no en la próxima elección sino en la próxima generación, frente al altar de la patria que demandaba grandeza y altura de miras, valor y valores, respondieron:

El Rey Juan Carlos (que no queriendo a Suárez lo apoyó y su negativa a recibir a los generales golpistas en el palacio de La Zarzuela fue decisiva para que el golpe fracasara y la democracia se pudiera consolidar), el propio Adolfo Suárez (que en el momento, no se arredró ante los disparos de los golpistas, y se mantuvo firme encarnando erguido el valor y el significado del nuevo régimen, pero que, antes, resultó fundamental para el tránsito desde la dictadura, al entender los nuevos tiempos, al tomar riesgos y romper con la élite franquista liberalizando la política, haciendo cambios en el ejército y legalizando al partido comunista), el Gral. Gutiérrez Mellado (militar franquista, brazo derecho de Suárez, que miraba más hacia delante que hacia atrás y más por la España nueva que por la que conocía, se mantuvo de pie ante las agresiones golpistas, sosteniendo sobre sus piernas cansadas al estado de derecho y la nueva constitución política), Santiago Carrillo (viejo líder del Partido Comunista y combatiente durante la Guerra Civil, que durante el golpe sostuvo a Suárez y a lo largo de la Transición, con su generosidad, su flexibilidad y su apertura, logró pactar con los ex-franquistas, olvidando antiguos agravios, persecuciones, exilio, asesinatos y torturas y, rompiendo los muros ideológicos del marxismo-lenninismo, le abrió cauce a una izquierda moderna, capaz de responder a las necesidades de la sociedad española). Ellos fueron los héroes fundamentales de aquel momento histórico señalados por Cercas en su libro.  ¿Qué lecciones nos dan? Que la generosidad y la apertura sí hacen patria; que hay un gran valor para el bien común al aprender a perder, a renunciar y a no querer tener siempre la última palabra o la razón. Que cuando el deber ser mueve (prudentemente, atendiendo al objeto, al fin y a las circunstancias), y la razón ética entra en operación, se gana: Gana el individuo y gana la sociedad. La ética paga bien.

En México, no está demás señalar, que sí hemos tenido también casos importantes de estas actitudes heróicas en este sentido, que valdría ahora recordar: Pienso por ejemplo, cuando Lázaro Cárdenas decide su sucesión no a favor de Francisco J. Mújica sino de Manuel Ávila Camacho, para consolidar la paz  postrevolucionaria y aliviar las tensiones políticas que se habían acumulado durante su gestión. Más claramente, me parece el caso del Presidente Ernesto Zedillo, aquella noche memorable del 2 de julio de 2006 cuando, soportando presiones muy importantes desde el seno de su partido, reconoce la victoria de Vicente Fox. Antes, el propio Zedillo, dando vía libre a la reforma política de 1997 que permitía el surgimiento de un IFE ciudadanizado, que le quitaba al gobierno federal el control sobre los resultados electorales. Incluso, puedo mencionar el caso de Luis Carlos Ugalde, durante el proceso electoral de 2006 y particularmente el día de las elecciones y los subsiguientes, resistiendo presiones terribles de diversos actores (incluyendo al Presidente de la República) para hacer valer el Estado de Derecho y fortalecer la institucionalidad democrática.

Pero estos actos de grandeza personal, ética y política, son en nuestra historia más la excepción que la regla. Y claramente necesitamos más héroes de estos (y menos pípilas y niños héroes -ambos mitos y no personas existentes en la historia) si es que queremos mover al país hacia donde tanto nos urge.

Esa es nuestra tarea. Tarea tan imperativa como impostergable. Y que requiere de muchos liderazgos a lo largo y ancho de toda la sociedad. Necesitamos volver a trabajar, sin detenernos, en crear una cultura centrada en valores elevados, de alta jerarquía. Volver a hablar y llamarnos la atención hacia elementos tales como el amor a la patria, la primacía del bien común sobre el bien particular, el sentido trascendente de nuestra acción en el mundo y la responsabilidad que tenemos individualmente hacia el futuro, hacia los que vienen detrás de nosotros.

Vuelvo a escribir esta frase, que me parece buena también para el cierre de esta entrega: “Si hay integridad, todo lo demás, no cuenta…  Si no hay integridad, todo lo demás, no cuenta”.

7 thoughts on “¡Es la Ética, güey! Una reflexión en torno a nuestro bicentenario

  1. Me parece extraordinario el artículo, creo que me hace reflexionar como persona y profesionista, tener la INTEGRIDAD como base de todas nuestras acciones.
    Me pareció muy buen título (respetando los comentarios anteriores), pues según la Real Academia Española “Güey” es una persona tonta, a mi no se me hizo agresivo y me llamó la atención.
    Felicidades por esta reflexión.

  2. El titulo inapropiado, el tema muy cercano a la realidad aunque no en todo lo comentado, el ejemplo de España, tal vez no tan ilustrativo tomando en cuenta que es un régimen monárquico que no lleva 200 años de estarse construyendo como el nuestro, donde la monarquía debía fortalecerse contra el regreso del régimen que había encarnado Franco y que como el propio ejemplo lo menciona, requirió del apoyo del Rey (figura no existente en nuestra forma de gobierno), sin embargo la idea de que todas las fuerzas políticas se deben unir creo que es lo rescatable. Sin embargo, no hay que olvidar que somos un país muy joven en cuanto a su vida independiente y que no podemos comprarnos con paises que llevan uno o dos milenios conformando su forma de gobernarse, no es lo mismo provenir de la nueva cultura mezcla de Indigenas y Españoles, que haber seguido por ejemplo, siendo anglosajones (con varios siglos de antigüedad política) eliminando a los grupos étnicos, en el caso de los Estados Unidos.

  3. Muchas gracias por tu reflexión y por la recomendación sobre la lectura… sin duda leeré el libro.

    Coincido que es un tema fundamental la integridad para llevar a México hacia un desarrollo en todos los órdenes… uno de los temas que me inquietan en este sentido es encontrar la forma en que una sola persona pueda influir en las demás para promover una forma de actuar más íntegra en la sociedad.

  4. Tema adecuado. Título del artículo inapropiado ( Vulgar ) para una institución como USEM . Ponerlo como asunto del mail puede ser tomado como un insulto al destinatario del correo electrónico.

    Los valores planteados excelente !!

  5. Sr. Ruiz de Chavez

    Comparto con usted muchos de los conceptos.

    En lo personal la frase de Clinton seria ” Es la ètica Tonto ( o Idiota )”.

    al igual que usted y muchos estamos enojados y muy frustrados por “nuestros” polìticos y “nuestro” gobierno, pero utilizar la palabra guey es ser parte de los que a travès de una guerra verbal quieren llamar mas la atenciòn.

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