La Responsabilidad Social y el Becerro de Oro

A pesar de los muchos avances que se van logrando en materia de Responsabilidad Social Empresarial, el camino por recorrer es aún largo, sinuoso y cuesta arriba. La iniciativa del Pacto Mundial de las Naciones Unidas para promover una mayor responsabilidad social de las empresas lleva ya una década de haberse lanzado y aunque prácticamente no hay gran corporativo multinacional que se haya abstenido de firmarlo, el impacto hacia el bien común no parece tan significativo. Sobre todo si pensamos en la crisis global que estalló en septiembre-octubre de 2008 y el problema de empleo tan severo que se vive tanto en Norteamérica como en la Unión Europea y en general en el mundo (tanto desarrollado como en desarrollo). De hecho, a pesar de tanta alaraca en torno a la responsabilidad social de las empresas, la reunión de 2010 del Foro Económico Mundial planteaba la necesidad de repensar, rediseñar y reconstruir el sistema económico capitalista imperante.

La crisis financiera mundial que explotó a finales de 2008 protagonizada por empresas cuidadosas de su imagen pública y presuntamente socialmente responsables, es un ejemplo brutal y demoledor de lo que es un capitalismo voraz, cortoplacista y muy socialmente irresponsable.  Y la reacción de los grandes corporativos (no sólo financieros) a esta crisis ha sido también quizá poco responsable socialmente. El extraordinario número de enero de la revista Bloomberg-BusinessWeek da cuenta clara de cómo se han recuperado las utilidades corporativas y los rendimientos accionarios en las bolsas de valores, pero el empleo sigue muy atrás, lejos de los niveles que tenía en 2008, cuando (desde hace ya poco más de una década) se hablaba de estar viviendo un modelo de crecimiento económico de muy alto rendimiento para el capital, pero terrible para los trabajadores (tanto en términos de salarios reales y beneficios, como de puestos de trabajo  -the jobless society / Progress without people).

Desde luego, México no es la excepción. Según datos del periódico Reforma, los principales corporativos que cotizan en la bolsa mexicana de valores, sortearon la terrible crisis económica de 2009 con un incremento promedio de 25% en sus utilidades netas reportadas, pero afectando negativamente a su plantilla laboral en una cifra cercana a los 30,000 trabajadores.

El problema no parece ser sólo coyuntural, sino más bien estructural: Radica en la mera racionalidad del sistema. No es casual que el economista Jeremy Rifkin publicara en la pasada década su trabajo The End of Work documentando una dinámica de crecimiento económico (en los 90´s) con pérdidas claras hacia el lado de las personas, del empleo y la distribución del ingreso, y que el inglés Charles Handy (el llamado “Peter Drucker europeo” y profesor de London Business School) señalaba que dadas las prácticas comunes del management en el nuevo escenario de la competencia global, “pronto acabarían trabajando un tercio, ganando el doble y produciendo el triple”. Por cierto y para el anecdotario, cuando alguna vez comenté lo anterior con un grupo de ejecutivos de una empresa multinacional su reacción, espontánea y sincera fue: “¿Pronto? ¡Aquí ya estamos!: Ya trabajamos un tercio de los que éramos y ya producimos el triple, pero no ganamos el doble” (de hecho, esencialmente ganaban lo mismo, sino es que menos, porque la casa matriz había decretado congelación de aumentos salariales y reducción de prestaciones para el personal ejecutivo).

¿Y qué decir de la práctica común de contratar al personal vía “outsourcing”, no sólo para ganar flexibilidad laboral pudiendo afrontar mejor los altibajos de la demanda, sino esencialmente para quitarse de encima esas molestas prestaciones laborales y ahorrarse erogaciones tales como el reparto de utilidades?

Quizá por ello sea que Adela Cortina, filósofa promotora de la ética empresarial y voz autorizada en torno al tema, haya dicho que la forma en que se aplica la RSE sea mucho más cosmética que ética.

La pregunta es relevante: ¿Estamos viviendo un modelo de Responsabilidad Social Empresarial que es esencialmente cosmético? Digamos, un modelo que arregla un poco la imagen de las compañías y les permite salir decorosamente en los medios de comunicación y cuidar las marcas (y las máscaras), pero en el fondo no están muy interesadas en promover el bien común, el desarrollo social integral o cuidar el lado humano de la gestión. ¿Es así?

Simple y llanamente: Sí. Y no está bien. No es la responsabilidad social que queremos de las empresas. Ni la que necesitamos.

En el fondo este ha sido desde siempre no sólo el gran problema ético del capitalismo sino el problema, muy humano, del manejo de la riqueza y el poder. Y es que el corazón de los hombres se corrompe con facilidad si no velamos por él y lo cuidamos. Esa es la causa de expresiones profundas y terribles que atraviesan la historia: Que “es más fácil que un camello camine por el ojo de una aguja, a que un rico entre al reino de los cielos” (Mc 10:25) o “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Ashton). No es que la riqueza en sí misma sea mala. Ni el poder. El problema es que fácilmente nos dejamos dominar por ellos, convirtiendo a los medios en fines y perdiendo de vista el verdadero sentido de nuestra existencia.

Es cierto, el capitalismo de nuestros días no parece más salvaje que el del siglo XIX. Pero tampoco es tan distinto. Y es que el incentivo de las ganancias genera una ambición sin límite, que bien conduce a vender la propia alma con tal de tener un poquito más. Y si la cultura dominante legitima la ganancia financiera como un valor por encima de cualquier otro, no será fácil que en la toma de decisiones institucional se le pueda dar más peso al bien común que al bien privado o que se pueda anteponer el bienestar de las personas a las ganancias de capital.

George Soros, al analizar los problemas estructurales del capitalismo global de nuestros días, apunta con lucidez que los problemas fundamentales de nuestro sistema económico fueron razonablemente descritos por Karl Marx y Federico Engels en la primera parte de su Manifiesto Comunista hace unos 150 años. En dicho texto, Marx y Engels señalaban, como tendencias estructurales de este modo de producción el crecimiento del “ejército industrial de reserva” (desempleo  de personas razonablemente capacitadas), la tendencia a la concentración monopólica del capital (cada vez grupos capitalistas más grandes y más poderosos harían desaparecer a los pequeños competidores, con el consecuente impacto en las posibilidades de desarrollo armónico de los pueblos) y la cada vez menor capacidad de los estados nacionales de poder gobernar a estos grupos financieros tan poderosos. Sin embargo, el propio Soros advierte que quizá el problema hoy sea más grave, porque hace 150 años “había unas creencias y normas éticas compartidas que, si bien no siempre se aplicaban, se tenían como deseables. Basadas en el respeto por la razón y la ciencia, se combinaban con los valores de la tradición judeocristiana y presentaban una guía muy respetable sobre lo que era el bien y lo que era el mal. Hoy (con Dios relegado a la intimidad de cada quién en el mejor de los casos), los valores utilitaristas, los criterios mercantilistas y los flujos transaccionales, no ofrecen garantía suficiente para la cohesión social”.

En palabras de Soros, el “fundamentalismo de mercado” no sólo no garantiza el bien común: Pone en riesgo el sistema de libertades de las sociedades abiertas.

Frente al espejismo del fundamentalismo de mercado tendríamos que reencontrar fundamentos más sólidos para el desarrollo humano y social.

Se debe reconocer que no habrá auténtica responsabilidad social de la empresa y que no podremos levantar una economía que verdaderamente sirva a las personas (y no al capital o al Estado -como ocurre en los sistemas de base marxista) en tanto no nos reencontremos con una mejor jerarquía de valores que, poniendo los puntos sobre las íes, asegure la prevalencia del espíritu sobre la materia y de las personas sobre las cosas (incluyendo entre ellas al dinero y lo que compra).

Cuando Michel Camdessus (exdirector gerente del FMI) reflexiona sobre la crisis económica que estalló en el 2008, encuentra una causa ética mucho más que financiera, derivada de un extravío brutal de los valores dominantes respecto al significado y sentido profundo de la vida humana. Así lo dice Camdessus: “El hombre se había reducido, degradado a su función exclusivamente económica. El consumo se había hecho destino; el sentido se extinguía en la vida. La codicia de manera subrepticia se hacía políticamente correcta y se apoderaba de nuestra cultura colectiva. Todos, de alguna manera, hemos empezado a adorar al becerro de oro”.

¿Podremos vivir una auténtica responsabilidad social empresarial que no sirva a ese becerro de oro? Ojalá. Nuestro mundo lo necesita.

Porque el futbol no es un negocio cualquiera…

Uno de los puntos esenciales de lo que podríamos llamar una sana filosofía de la empresa, clave del concepto de Responsabilidad Social Empresarial, es que las empresas de negocios intrínsecamente (por su propia acción) sirven al bien común: Que ganancia y servicio van juntas: Hacer empresa es vivir el arte de ganar sirviendo o de servir ganando.

En la sociedad de los negocios, en el mundo del mercado, el futbol ha de mirarse, además de como deporte, como negocio. Pero debemos reconocer que no se trata de un negocio cualquiera. Si en algún caso debería ser clarísima la aplicación del principio del Destino Universal de los Bienes (que toda propiedad privada tiene siempre primero “una hipoteca social”) es en el futbol: Las Chivas y los Pumas podrían pensarse más como patrimonio de la nación (o al menos de sus fans) que de sus dueños. No se diga del caso de la Selección Nacional.

¿Qué cuentas deben rendir los propietarios de estas “empresas” al bien común? Sonará ridículo, pero se conecta bastante con el tema del “amor a la patria”: Pocas cosas de la nacionalidad generan tanto entusiasmo como las esperanzas que abriga la selección nacional de futbol. Si se gana, cunde el buen ánimo y no es exagerado decir que hasta tiene impacto en la bolsa de valores. Si pierde, se colectiviza la depresión y el mal humor, se sabe que ha habido suicidios e incluso el asesinato de algún jugador que cometió una falla decisiva en un partido clave.

¿Cuál es la relación entre futbol y el bien común? Entretenimiento, elemento de cohesión social que difícilmente se ve en otros ámbitos; contribución al PIB, atención a la juventud, oportunidad de desarrollo para jóvenes que pueden no tener otras oportunidades, promoción del deporte, etc. El fútbol, como llegó a decir Juan Pablo II, es la más importante (por mucho) de las cosas sin importancia.

Quizá por las emociones que suscita, por su relevancia económica y por su rol para el desarrollo de muchísimos jóvenes, debamos sacarlo de la categoría de las “cosas sin importancia”.

¿Cómo pensar al fútbol desde la óptica de la Responsabilidad Social Empresarial?

Algunos puntos sobre los que habría que plantearse preguntas a debatir: ¿Cómo calificamos el estado del fútbol mexicano? ¿Qué decir de su competitividad en el mundo, del desarrollo de jugadores, de sus números? ¿Hay razón en cuanto al clima de desazón que domina hoy la opinión pública al respecto? ¿Qué decir de los dueños y los directivos del fútbol nacional? ¿Tienen clara su responsabilidad social como dirigentes o están pensando esencialmente en su beneficio privado sin que les importe gran cosa el bien común? ¿Qué peso tiene el marketing y cuál es el efecto de los intereses de las dos grandes cadenas de televisión abierta nacional? ¿Tienen efectos tan nocivos como a menudo se dice? ¿Hay alternativas?

¿Cómo evaluar la calidad de los Clubes en México? ¿Qué decir de ellos como instituciones profesionales que buscan su propia sustentabilidad y éxito en el largo plazo cuidando el desarrollo y la calidad del fútbol en México? ¿Cómo se comparan con otras empresas de fútbol en el mundo?

¿Qué decir del trato a los jugadores y el cuidado que se pone en su desarrollo personal y profesional? ¿Cómo están las canteras? Si los jugadores son la esencia de este deporte y de esta industria, y de la calidad de los jugadores depende la calidad de la industria, ¿cómo se les cultiva y promueve? ¿Qué camino debe recorrer un muchacho que quiera abrirse camino en el fútbol profesional? ¿Ese camino corresponde al talento de los jóvenes? ¿Deberíamos hacer algo para favorecer la maduración de muchos más muy buenos jugadores?

¿Cómo están las relaciones laborales? ¿Qué decir del nivel de sueldos, del manejo de las cartas y las transferencias? ¿Hay justicia y respeto a la dignidad personal de cada jugador?

¿Es esto relevante para la calidad de la práctica de este deporte en México? ¿Y la calidad de los Directores Técnicos? ¿Cómo se asegura y promueve? ¿Cómo se forma a los cuadros dirigentes no para la oficina sino para la cancha? ¿Qué ocurre en nuestro fútbol que durante el último año se despidieron a 25 técnicos de sus correspondientes equipos, cuando en Francia sólo liquidaron a 3 y en Alemania a 9? ¿Y qué decir de la Selección Nacional donde en cuatro años desfilaron 7 técnicos, con una duración promedio en el cargo de poco más de 6 meses cada uno?

¿Y cómo calificar el papel de los medios de comunicación? ¿Ayudan? ¿Acaso estorban? ¿Simplemente narran lo que ocurre y comentan? ¿Qué papel deberían jugar como parte fundamental del desempeño de esta industria?

En general, ¿qué se está haciendo bien que se debe seguir haciendo? ¿Qué se está haciendo mal que se debería ya no hacer? ¿Qué no hacemos que si hiciéramos alcanzaríamos resultados como los que todos en México queremos?

¿Acaso la excesiva mercantilización del futbol, ganancias gigantescas pero poco cuidado del bien común está matando a la gallina de los huevos de oro? ¿Acaso aquí el tema de servir ganando es puro cuento…?

Amigos que nos leen, ¿que piensan ustedes? Muy pronto nuestra mesa de diálogo que trata sobre estos temas.

México a 200 años de vida independiente

José Manuel Villalpando en el prólogo de su novela “Mi gobierno será detestado”, (“las memorias que nunca escribió Félix María Calleja”) señala que los actores que protagonizaron la lucha de independencia de México, planteaban un escenario y unas expectativas muy diferentes a como en realidad se dieron las cosas. Dice Villapando: “Existía (…) un proyecto original diferente de independencia, que fincaba su legitimidad y su viabilidad en la riqueza novohispana, con miras a convertirla en una nación libre, a la altura de las primeras potencias del mundo…” Creían sinceramente en el destino promisorio de México. Pero el sueño quedó destruido en cuanto la revolución tomó un cauce violento: Expresión de las profundas fracturas sociales no contempladas por los gestores del movimiento. Continúa Villalpando: “Cabe preguntarse hoy, después de la experiencia mexicana de casi dos siglos de una independencia que no pudo remediar el problema del mal gobierno, ni el de la pobreza, ni el de la injusticia, si el proyecto original no hubiese conducido a la nación por otros rumbos de mayor felicidad y prosperidad”. Y dice también: “La historia no tendría razón de ser si no tuviera sentido de contemporaneidad”.

Reflexionemos, pues. Los primeros 100 años de historia propiamente mexicana fueron terribles. Del cuerno de la abundancia nos quedamos con el puro cuerno en buena medida por nuestra incapacidad para manejar nuestras diferencias y reconocer y valorar al otro, al distinto. Cien años de negar al prójimo. Marcados por cegueras ideológicas de uno y otro signo y encerrados en muros de intolerancia construidos a balazos, el siglo XIX mexicano se resolvió finalmente bajo el régimen de Porfirio Díaz en parte por agotamiento de los contrincantes, en parte por la prudencial aplicación de la política de “destierro, encierro o entierro”, en parte por una pragmática esperanza en el progreso que seguiría al orden.

Pero en la ancianidad del dictador, ya no hubo manera de contener “al tigre”, y las muchas contradicciones y fracturas del tejido social mexicano volvieron a estallar con gran violencia. Y fue otro régimen autoritario, “la Dictadura Perfecta” le llamó Mario Vargas Llosa, la que le devolvió el orden al país y pudimos avanzar en varios órdenes: Desarrollo institucional, políticas sociales, surgimiento de una clase media educada y relativamente próspera. Sin embargo, la “Pax Revolucionaria” tuvo una contracara también terrible: No sólo siguió sin resolverse el problema de la marginación social (y aquí seguimos con nuestros famosos 40 millones de pobres –más, menos-); el régimen emanado de la Revolución Mexicana tuvo una dinámica corporativa, clientelar, autoritaria y, sobretodo, cimentada en la corrupción como modus operandi de la acción política, que nos dejó un legado cívico monstruoso.

En el esperanzador y cabalístico año 2000, aterrizamos en lo que parecía un nuevo régimen: Por fin democrático; por fin donde operaba ya la división de poderes y la rendición de cuentas. El México del siglo XXI amanecía con buenas credenciales ante la comunidad de naciones; miembro de la OCDE, socio “privilegiado” en el libre comercio con Estados Unidos y Canadá; con una Miss Universo (ya dos) y tres premios Nobel (Literatura, Química y de la Paz). México, pensamos, había finalmente logrado su Transición a la democracia y, con ello, a la tan anhelada Modernidad.

Pero parece que “siempre no”. Y aquí estamos en el 2010, con la verdadera Hillary (la Clinton) diciendo que México hoy se parece a la Colombia de hace 20 años y que el fenómeno del narco podría derivar en insurgencia (que quien tenga oídos para oír que oiga). Algunos observadores vemos, con suma preocupación, un tejido social muy descompuesto, enojado, con pocas esperanzas para el futuro; con chavos en Apatzingán o en Tamaulipas que ven sólo dos escenarios positivos en su porvenir: Migrar a Estados Unidos o entrarle al narco o a otras formas de la economía del crimen. Nos preocupan los ninis y los nininis (los mayores de 50 años que ni estudian ni trabajan ni son jóvenes). Nos inquietan sobremanera los rasgos de “Estado Fallido” que vemos en varias regiones del país (Tamaulipas, Chihuahua, Sinaloa, Michoacán…) donde se vive prácticamente sin Ley y donde no se ve cómo se puedan articular políticas públicas que enderecen las cosas. A algunos observadores nos preocupa sentirnos como secuestrados por una clase política si no incompetente, al menos impotente, o miope, mezquina y egoísta, incapaz de hacer algo por el Bien Común. Secuestrados por una serie de reglas institucionales verdaderamente absurdas (las más) que paralizan la acción de la burocracia estatal y paralizan también la posible corrección de las cosas. Reglas que para cambiarlas, se requiere la acción coordinada y responsable justamente de esa clase política, la cual no parece interesada en hacerlo, porque lucra con ellas.

Muchos mexicanos llegamos pues a las celebraciones del bicentenario, quizá con poco ánimo para celebrar. Inquietos, desilusionados, con ganas de anular el voto porque lo mismo da quién gane una elección, pero eso sería como “tirar la toalla”. Pero ese estado de ánimo es también la puerta que abre otros horizontes: Puerta que nos pone en movimiento para tratar de cambiar las cosas. Esa sensación de desagrado con la situación prevaleciente fue la que puso en movimiento, precisamente, a los “héroes que nos dieron patria” en la década de 1810 y a los que clamaron por democracia y justicia social en la década de 1910. ¿Qué tendremos frente a nosotros para la década del 2010?

¿Dónde estamos realmente? ¿Hacia dónde debemos ir? ¿Hacia dónde realmente vamos?

Septiembre, 2010.

¡Es la Ética, güey! Una reflexión en torno a nuestro bicentenario

1. Una lección de nuestra historia

Iniciamos el cabalístico año 10 del siglo XXI, año de centenario y bicentenario de días terribles pero significativos en el tejido de nuestra historia y nuestra memoria común.

En el siglo XIX, en el significativo 1810, al grito de “a matar gachupines”, se va dando forma a una Guerra de Independencia propiamente sin proyecto, pero con mucha violencia. Y durante la mayor parte de dicho siglo, el discurso dominante de las élites políticas fue progresivamente renegando del pasado colonial (aunque lo trajeran puesto) y, en su radicalismo, liberal o conservador, se mantuvo incapaz de integrar la diversidad de cosmovisiones y modos de ser y de pensar existentes en el territorio mexicano. El resultado fue un siglo dominado por la intolerancia, con saldo negativo para el desarrollo y de pérdidas gravísimas de riqueza territorial, social y económica.

El siglo XX, inició con el orden y progreso que permitió la síntesis histórica porfiriana que, quizá encarnara el mismo Don Porfirio: un liberal aliado con los conservadores; indígena blanqueado, mixteco afrancesado; masón casado con católica y cercano a la Iglesia por las dudas. Pero esta síntesis porfiriana y apertura a la alteridad fue siempre parcial y sólo permitida bajo su estricto control y desde dentro del cerrado orden establecido. Al final del régimen, la falta de apertura a lo otro, a lo distinto y a lo nuevo, quebró la modernización porfirista y volvió a sumir al país en el caos, el atraso y las pérdidas crecientes por otras dos décadas, hasta que la llamda “Paz Revolucionaria” logró, más o menos, incorporar en su seno la pluralidad existente en el país. Otra vez, la incorporación fue parcial, clientelar y también, como en el porfiriato, cerrada: Se puede casi todo, pero sólo desde el partido de la Revolución (PRIo PNR o PRM), con los costos evidentes en materia de derechos humanos y  la rampante corrupción que acarrea consigo todo modelo de gestión cerrado y clientelar, que terminó por ser el cemento mismo con que se pegaban los ladrillos que levantaron el muro, todavía no totalmente derribado, del llamado “sistema político mexicano”.

A lo largo de esta historia así definida entre la cerrazón y el autoritarismo, México no sólo no ha encontrado un camino como sociedad abierta: Tampoco ha encontrado lugar para la virtud como divisa de cambio en la vida pública. Y los grandes ideales, las grandes aspiraciones y los valores más nobles y elevados han ido cediendo espacio a una racionalidad de la acción social cada vez más cínica, acomodaticia y baja que culminó con aquella expresión que “la moral es un árbol que da moras” y la política es el arte de quedar bien con el de arriba y nada más.

Al llegar al 2010, con casi doscientos años andados como nación, seguimos padeciendo el mismo terrible mal que ha bloqueado el pleno despegue del progreso mexicano, que se sigue quedando más como promesa que como realidad. Creo que una de las principales lecciones que debemos aprender de nuestra historia patria es que la intolerancia paga mal: Que la cerrazón, la mezquindad, la traición, las cosmovisiones excluyentes y la visión sin ideales y de miras bajas, no permiten construir casi nada e impiden, como pocas otras cosas, el desarrollo.

No es otra la causa de la imposibilidad de las reformas estructurales que urgen desde hace unos 15 años y que, en su ausencia, nos mantienen en una posición estratégica muy endeble en diversos órdenes de nuestra agenda pública. Así, recibimos nuestro bicentenario con el ancestral problema de la desigualdad en la distribución del ingreso apuntando a nuestro corazón y con una juventud que iba a ser “bono demográfico” pero que ve pocas oportunidades para su desarrollo (y que encuentra cada vez más aconsejable emigrar como “bracero” o “hacer oficio” en alguna de las ramas de la economía del crimen). Estos son los problemas sociales más graves que yo veo. Pero hay otros muy serios que también preocupan sobremanera: Desde el diseño de incentivos estructurales del sistema político que no facilita ni la negociación ni el consenso hasta la desaparición (desde el final de la década de los 80´s) de una política de Estado para el desarrollo económico, que ha dejado en el desamparo a dos sectores clave incluso para la seguridad nacional: las pymes y al campo (por su impacto en la generación de empleos y la movilidad social), y como consecuencia, a nuestra economía cada vez más fragmentada y, en términos generales, estancada y con muy escasa capacidad para la generación de empleos. Grave es también la parálisis financiera del Gobierno, sea porque a falta de revolución fiscal ni tiene ni tendrá dinero, pero sea también porque lo poco que hay, se atora en la infame maraña burocrática.

2. ¡Es la Ética, güey!

No hay reformas porque no hay encuentro. Y no hay encuentro porque la mezquindad de unos y otros se opone a la generosidad debida que reclama también valores y altitud de miras. No hay encuentro porque los intereses bajos y cortoplacistas se acaban imponiendo sobre los ideales nobles y los objetivos estratégicos. Y no hay encuentro porque los vicios de antaño dominan sobre los valores elevados y trascendentes que reclaman su realización y esperan para ser puestos en acto. No hay encuentro. Ni acuerdos ni proyecto de mejora que pueda realizarse, porque el bien privado acaba imperando sobre el bien común.

Se atribuye a un senador estadunidense la siguiente frase: “Si hay integridad, todo lo demás, no cuenta. Si no hay integridad, todo lo demás, no cuenta”. Y la integridad es la cualidad de la persona entera en virtudes, de una sola pieza, a la que no le hace falta nada. Congruente entre pensamiento, palabra y acción. ¿Cómo estamos posicionados al respecto en el país de las traiciones y los albures? Y no hablamos del pueblo llano, ¿qué hay de nuestros liderazgos (públicos y privados, políticos y empresariales)?

Es ya trillada la frase que se puso de moda en los Estados Unidos durante la campaña de Bill Clinton contra George H.W. Bush: It is the economy, stupid! Esta expresión, para el caso mexicano, desde luego que también aplica (y hasta aplica más). Pero aquí, necesitamos acuñar otra que nos hace más falta: ¡Es la Ética, güey!

Es, en efecto, a la Ética o Filosofía Moral que Aristóteles llamó también Filosofía Práctica, a que tenemos que apelar para empezar a caminar los mexicanos por otros senderos distintos y mejores a los que hemos recorrido en nuestro pasado como nación.  Primero, la reflexión seria, profunda, inteligente, sobre aquellas conductas nuestras que son preferibles o deseables sobre otras; la claridad sobre nuestros actos y sus consecuencias para saber qué es mejor hacer y qué no; la comprensión esencial sobre la Ética y su incorporación permanente a la racionalidad de nuestra acción, entendiendo que no se trata de valores caprichosos o mocherías, sino la expresión material de nuestra inteligencia para asegurarnos una vida buena y próspera. Segundo, la toma de conciencia, muy clara de nuevo para Aristóteles, que Ética y Política van juntas y que no es posible la buena vida pública sin el esfuerzo individual (de cada ciudadano de la polis) en pos de la virtud, de la vida virtuosa y apegada a valores elevados. Es importante que los mexicanos entendamos que no hay nada más práctico que la realización de una vida virtuosa para sanear nuestra vida pública y hacerla prosperar.

Cosas tales como honrar la verdad, la integridad, cumplir la palabra o el sentido del honor, elevan la calidad de la vida pública: El desempeño de las instituciones, la realización de los acuerdos, el nivel del debate, el análisis de los problemas, la generación de soluciones y la dinámica del proceso electoral y los cambios de los grupos en el poder. Y el valor de conceptos como el amor a la patria, la primacía del bien común o la visión de Estado, tiene el poder para elevar a mayor altura y fortalecer a los siempre frágiles hombres que hacen la política o la tarea de gobernar.

El ejercicio prudente del gobierno para alcanzar la prosperidad y la justicia, requieren de otra virtud: La magnanimidad. Esta grandeza de alma que tanta falta nos hace contra la mezquindad tan frecuentemente dominante y nociva.

3. Una lección de otra historia y una tarea impostergable

Hace unos días terminé de leer un libro que me ha dejado más de lo que me esperaba: Anatomía de un Instante, de Javier Cercas (publicado por Mondadori). El texto narra con brillantez y un admirable esfuerzo de investigación periodística un episodio significativo en la transición española a la democracia: El intento fallido de golpe de estado el 23 de febrero de 1981. Además de recomendar esta lectura a los interesados en el tema, quiero compartir las lecciones centrales que extraigo de esta lectura.

Los grandes sucesos de la historia, igual que los pequeños y los insignificantes, se tejen por las acciones de hombres tan frágiles como el cristal o el hielo. Por decirlo de algún modo: Todos con los calcetines rotos y sus pecados a cuestas. A menudo casi sonámbulos que parecieran caminar semidormidos o apenas conscientes de la magnitud de sus actos o la trascendencia del momento que viven. Pero al final, todo cuenta. Hay instantes definitorios, donde las actitudes y acciones de unos cuantos empujan la historia hacia delante o la hacen retroceder, iluminando a la humanidad o sumiéndola en la penumbra. Un instante, en que, los que se convierten en héroes, lo logran porque dan el paso decisivo de generosidad, de valor, de buen sentido. Un instante donde un pequeño hombre, pecador y frágil, puede optar por lo mejor, por lo peor o por lo neutro: Meter su cabeza bajo la tierra y no hacer olas; dejarse llevar por sus miedos e inseguridades o hacer la diferencia moviéndose hacia lo más elevado, motivado quizá por el futuro para sus hijos, quizá por el temor de Dios, quizá para honrar un viejo principio heredado en casa y transmitido quizá por su padre o su madre o por su abuelo. Pero es un solo instante en que pudiendo descender a la penumbra o quedarse parado, nomás mirando y sin abrir la boca, decide mejor, nuestro hombre frágil y pecador, como de vidrio, dar el paso hacia arriba y trascender.

Algo así es lo que nos explica Javier Cercas sobre el suceso referido en España como “23 F”. Era un golpe de estado, cocinado por meses, ante un gobierno en crisis, para una transición política plagada de riesgos y que aún no se resolvía; que pendía de un hilo (o de unos cuantos). Proceso político en que lo fácil (pero no lo mejor) era quizá echarse hacia atrás, no hacer olas y volver al franquismo: Es más cómodo siempre preservar el status quo, que  asumir la aventura de cambiar y liberar nuevas fuerzas que no conocemos y demandarán nuevas respuestas efectivas y crecimiento moral de todos los involucrados.

Al inicio de aquel año decisivo para la transición española, buena parte de las clases dirigentes de España (políticos, empresarios, militares, medios de comunicación, jerarquía eclesiástica) tenía bien abonado el terreno contra el jefe de Gobierno, Adolfo Suárez, al que se le había acabado la cuerda, la iniciativa y la inspiración. El mismo Rey, Don Juan Carlos, parecía querer deshacerse de Suárez y había contribuido a crear un clima político favorable al golpe que habría arrojado la transición española al cesto poco honroso de las transiciones fallidas. Pero un instante basta para estar a la altura de lo mejor y esa es toda la diferencia. Fueron unos cuantos los que hicieron lo que debían hacer para responder debidamente a la trascendencia del momento. Y olvidando sus intereses políticos y personales de corto plazo, más allá del “cálculo político” y el interés partidario, pensando no en la próxima elección sino en la próxima generación, frente al altar de la patria que demandaba grandeza y altura de miras, valor y valores, respondieron:

El Rey Juan Carlos (que no queriendo a Suárez lo apoyó y su negativa a recibir a los generales golpistas en el palacio de La Zarzuela fue decisiva para que el golpe fracasara y la democracia se pudiera consolidar), el propio Adolfo Suárez (que en el momento, no se arredró ante los disparos de los golpistas, y se mantuvo firme encarnando erguido el valor y el significado del nuevo régimen, pero que, antes, resultó fundamental para el tránsito desde la dictadura, al entender los nuevos tiempos, al tomar riesgos y romper con la élite franquista liberalizando la política, haciendo cambios en el ejército y legalizando al partido comunista), el Gral. Gutiérrez Mellado (militar franquista, brazo derecho de Suárez, que miraba más hacia delante que hacia atrás y más por la España nueva que por la que conocía, se mantuvo de pie ante las agresiones golpistas, sosteniendo sobre sus piernas cansadas al estado de derecho y la nueva constitución política), Santiago Carrillo (viejo líder del Partido Comunista y combatiente durante la Guerra Civil, que durante el golpe sostuvo a Suárez y a lo largo de la Transición, con su generosidad, su flexibilidad y su apertura, logró pactar con los ex-franquistas, olvidando antiguos agravios, persecuciones, exilio, asesinatos y torturas y, rompiendo los muros ideológicos del marxismo-lenninismo, le abrió cauce a una izquierda moderna, capaz de responder a las necesidades de la sociedad española). Ellos fueron los héroes fundamentales de aquel momento histórico señalados por Cercas en su libro.  ¿Qué lecciones nos dan? Que la generosidad y la apertura sí hacen patria; que hay un gran valor para el bien común al aprender a perder, a renunciar y a no querer tener siempre la última palabra o la razón. Que cuando el deber ser mueve (prudentemente, atendiendo al objeto, al fin y a las circunstancias), y la razón ética entra en operación, se gana: Gana el individuo y gana la sociedad. La ética paga bien.

En México, no está demás señalar, que sí hemos tenido también casos importantes de estas actitudes heróicas en este sentido, que valdría ahora recordar: Pienso por ejemplo, cuando Lázaro Cárdenas decide su sucesión no a favor de Francisco J. Mújica sino de Manuel Ávila Camacho, para consolidar la paz  postrevolucionaria y aliviar las tensiones políticas que se habían acumulado durante su gestión. Más claramente, me parece el caso del Presidente Ernesto Zedillo, aquella noche memorable del 2 de julio de 2006 cuando, soportando presiones muy importantes desde el seno de su partido, reconoce la victoria de Vicente Fox. Antes, el propio Zedillo, dando vía libre a la reforma política de 1997 que permitía el surgimiento de un IFE ciudadanizado, que le quitaba al gobierno federal el control sobre los resultados electorales. Incluso, puedo mencionar el caso de Luis Carlos Ugalde, durante el proceso electoral de 2006 y particularmente el día de las elecciones y los subsiguientes, resistiendo presiones terribles de diversos actores (incluyendo al Presidente de la República) para hacer valer el Estado de Derecho y fortalecer la institucionalidad democrática.

Pero estos actos de grandeza personal, ética y política, son en nuestra historia más la excepción que la regla. Y claramente necesitamos más héroes de estos (y menos pípilas y niños héroes -ambos mitos y no personas existentes en la historia) si es que queremos mover al país hacia donde tanto nos urge.

Esa es nuestra tarea. Tarea tan imperativa como impostergable. Y que requiere de muchos liderazgos a lo largo y ancho de toda la sociedad. Necesitamos volver a trabajar, sin detenernos, en crear una cultura centrada en valores elevados, de alta jerarquía. Volver a hablar y llamarnos la atención hacia elementos tales como el amor a la patria, la primacía del bien común sobre el bien particular, el sentido trascendente de nuestra acción en el mundo y la responsabilidad que tenemos individualmente hacia el futuro, hacia los que vienen detrás de nosotros.

Vuelvo a escribir esta frase, que me parece buena también para el cierre de esta entrega: “Si hay integridad, todo lo demás, no cuenta…  Si no hay integridad, todo lo demás, no cuenta”.

El Caso del PAN II: Balance y retos del gobierno actual

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“Lo que más pesa en estas horas difíciles y, a la vez constituye el gran reto del futuro para nuestro partido, es que no hemos sabido combatir con inteligencia al viejo régimen: Al que derrotamos electoralmente en el año 2000; con el que, paradójicamente, seguimos gobernando y con el que nuestros opositores -fundadores de ese viejo régimen- nos ganan elecciones- en el colmo de las contradicciones- precisamente con los instrumentos del pasado que nosotros mismos hemos apuntalado”.

Santiago Creel Miranda[1].

“El PAN debe alejarse de prácticas que han minado la confianza de los ciudadanos y hasta de los propios panistas, toda vez que se han privilegiado intereses personales o de grupo…”

Ricardo García Cervantes.[2]


Cuando Felipe Calderón Hinojosa
tomó posesión de su cargo en diciembre de 2006, su margen de maniobra para sacar adelante una agenda propia de gobierno, era muy estrecho. Recuérdese que apenas pudo pararse en la tribuna del Congreso en medio de un caos de mentadas y gritos de “México-México”,  y que el margen de votos con el que resultó electo fue apenas de 0.5%, siendo el Presidente con el menor porcentaje de votos de la historia para asumir el cargo (35%). El perredismo estaba dispuesto a no conceder nada, o menos. Y el priísmo, menos radical, quizá más práctico… tampoco.

No obstante, el gobierno de Calderón se fue abriendo paso y, ya reconocido por los sectores moderados del PRD, empezó a moverse y a conseguir ciertos avances que hicieron pensar que la parálisis política que había impedido las reformas estructurales planteadas por la administración Fox, finalmente se destrababa.  Así, en el primer trimestre de 2007, el Presidente Calderón, consiguió sacar adelante una importante reforma a la ley de pensiones del ISSTE de impacto muy positivo a mediano y largo plazo sobre las finanzas públicas.  Más adelante, en ese mismo año, logró negociar una reforma fiscal que, aunque se quedó muy corta respecto a la que hubiera sido deseable y no permitió ampliar la base gravable ni resolver el problema estructural de las finanzas públicas ni promover la inversión privada ni fortalecer a las pymes ni aumentar el gasto social, fue un avance y ha permitido elevar la recaudación fiscal.  Después, ya en 2008, empujó su administración la tan anhelada reforma energética que también avanza en diversos aspectos (flexibiliza el régimen de inversión y la operación de Pemex, fortalece su gobierno corporativo, posibilita la subcontratación de terceros para operar nuevas tecnologías),  pero que, de igual forma, se quedó muy corta para los requerimientos reales de modernización en este aspecto vital de nuestra economía. Finalmente, a mediados del 2008, se firmó un acuerdo con el gremio magisterial, que asegura la medición constante de la calidad en el desempeño de maestros, alumnos y escuelas, al tiempo que induce una mejor selección de profesores en el SNTE.

Sin embargo, estos resultados alcanzados no lograron arrancar el aplauso de la sociedad, ni entre el llamado “círculo verde” (el de los amplios sectores de la opinión pública) ni en el “círculo rojo” (el de los expertos, los analistas y formadores de opinión).  ¿Por qué?  En parte quizá porque el propio gobierno no ha festejado suficientemente estos logros. Pero también, quizá, porque realmente no hay tanto que festejar: Hay, sí, avances, pero minúsculos en relación a la magnitud de los problemas correspondientes.

Desde el gobierno se ha dicho, reconociendo la clara insuficiencia de estas reformas y esto con cierta razón, que es mejor algo que nada. Que la política es “el arte de lo posible”. Que en política no se puede siempre todo, pero se puede parte y que es preferible un avance quizá pequeño, pero real, sobre uno ideal imposible.

Un problema ha sido que estos avances graduales, esta política “de lo posible”, ha devenido en una política del “como si”: Como si en verdad nos moviéramos, como si estuviéramos realmente avanzando. Y quizá sí lo estemos haciendo, pero muy a paso de tortuga. Lo ganado es tan poco respecto a lo necesario, que la celebración de estos logros puede, tal vez, incluso hacernos daño: Si por el avance logrado cerramos el expediente o lo damos por cubierto, quitaremos el dedo del renglón y dejaremos de empujar.

Pero hay algo más grave aún.  Estas reformas del “como si” terminan por fortalecer  las estructuras de poder corporativas y autoritarias que siguen bloqueando la modernización del país, presentándolas con una máscara reformista que desde luego es ficticia. Para decirlo con claridad: Si el sindicato de Pemex o el de Trabajadores de la Educación, por ejemplo, conceden las reformas mencionadas no es para promover un cambio que verdaderamente modernice las estructuras de poder, limpie la casa y cambien las cosas: Es que cediendo en lo poco, se quedan con lo más. Es la famosa lección de El Gato Pardo de Giussepe di Lampedussa: Cambiemos las cosas para que todo siga igual… O peor, si tomamos en cuenta lo nocivo que resulta el desengaño, el costo de oportunidad por no avanzar lo debido o el maquillaje rejuvenecedor de aquellas estructuras ya podridas.

De hecho, parte del precio que tuvo que pagar el gobierno para sacar adelante estas reformas, fue que se vio obligado a ceder en aspectos centrales de otra reforma, la electoral, que terminó conculcando garantías individuales fundamentales para la práctica democrática en una verdadera sociedad abierta[3]: En particular la prohibición a grupos autónomos de la llamada sociedad civil (organizaciones ciudadanas, profesionales y gremiales) de manifestar sus opiniones a través de inserciones pagadas en los distintos medios de comunicación social. También habría que señalar el impedimento de las “campañas negativas” (que bloquean la crítica legítima sobre ideas y acciones de gobierno[4]) y el fortalecimiento de una partidocracia llena de intereses creados que muy poco hace para la modernización de las estructuras sociales del país.

Así, pues, como vamos, podría ser que las nimias reformas logradas hasta ahora, resulten, a fin de cuentas, regresivas.

¿Cómo evaluar al gobierno de Felipe Calderón? Me parece que la opinión pública hace una adecuada valoración: En diversos sondeos, se califica razonablemente bien al Presidente, entre 6.5 y 7.5 (en escala de 1 a 10), pero, a juzgar por los resultados de la última elección y por lo que se escucha a nivel de calle y se lee en los distintos medios,  no se califica bien la forma en que el PAN, ya con 9 años a cargo de la presidencia de la República y varios más como gobierno a nivel de estados y municipios, ha manejado la transición mexicana a la democracia.

Al Presidente Calderón se le aplaude porque al menos sus reformas han avanzado más que las que intentó Fox. Y se le aplaude también el valor cívico y moral con el que ha decidido enfrentar al narcotráfico. Pero, la verdad, es que ni  su gobierno ni los gobiernos en general de Acción Nacional,  han podido romper con las estructuras del antiguo régimen: El dinosaurio surgido de la Revolución Mexicana, con su corporativismo, sus prácticas y vicios sigue ahí. No sólo eso, para muchos observadores, los panistas han gobernado de manera muy parecida a como los priístas hacían. Esa es quizá la mejor explicación de por qué el PRI no sólo no se ha debilitado, sino incluso se ha fortalecido, tanto a niveles regionales (estados y municipios)  como en el ámbito federal (en las cámaras de diputados y de senadores). El producto de esta dinámica lo captó a la perfección recientemente Jorge  G. Castañeda en las páginas editoriales de Reforma: “Pa´priístas en el gobierno, mejor el PRI”[5].  Y Carlos Fuentes, de modo similar ha escrito: “Desengañados, los mexicanos votaron en 2000 por las oposiciones de derecha y de izquierda. No tardaron en comprobar que la corrupción no era monopolio del PRI pero que el PRI, con todo y corrupción, sabía gobernar…”[6]

Tras casi una década de gobiernos de Acción Nacional, los cambios estructurales que se esperaban con el cambio de régimen político, no se han dado. Y para muchos, la transición tan anhelada se ha quedado en mera alternancia sin mayor movimiento de fondo: Quizá distintas caras, pero la misma red de intereses creados[7], los mismos viejos poderes fácticos y los mismos problemas añejos que, sin resolverse, cada vez nos hunden más.

“Es el PRIAN: La misma gata, pero revolcada” ha dicho una y otra vez AMLO, como sería de esperar. Pero también hay voces dentro del PAN que acusan lo mismo: Dedazo, nepotismo, corrupción, incompetencia, negociaciones corporativas. A manera de ejemplo, recientemente, en declaraciones a la revista Newsweek, Santiago Creel acusaba[8]: “El Sistema Político Mexicano sigue siendo muy autoritario. Tenemos que lanzarnos a democratizar un sistema político que aún tiene enormes espacios para la corrupción”. Y en una dura crítica a la gestión del PAN en el gobierno federal (sin dejar de señalar que él mismo tiene y ha tenido su buena dosis de responsabilidad en ello), reprueba “las alianzas con personajes y causas que antes nosotros combatíamos” (por ejemplo los sindicatos de maestros y de PEMEX); reprueba también la forma en que se ha manejado la selección de candidatos al interior del propio partido, complicando la dinámica de la democracia interna en el PAN, tan admirada por propios y extraños en otros tiempos: “El Comité Ejecutivo Nacional se arrogó la decisión de elegir a más del 60% de los candidatos mediante designación”. Señala que los candidatos designados desde el centro, al margen de los procesos democráticos internos de cada sección, perdieron en el 80% de los casos. Y el senador y exsecretario de Gobernación se pregunta:  “¿Qué es lo que representa hoy Acción Nacional? ¿Qué lo define? ¿Cómo se distingue el PAN del resto de los partidos? ¿Cómo se distingue el gobierno actual de los anteriores?”.

Ante las dudas respecto a preguntas tales, por lo pronto la ciudadanía está cambiando su apuesta: Porque ni a nivel federal ni en circunscripciones regionales se nota (suficientemente) la diferencia. Cambiar sólo el color de las patrullas en un municipio puede generar más enojo que percepción de cambio real. Pura fachada, pero detrás lo mismo. Y los errores de gobierno, algunos escándalos, la escasez de cuadros capacitados para gobernar, han llevado al electorado a quitar su apoyo al PAN en Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán, Cuautitlán, Huixquilucan, Toluca, Morelos, Querétaro, Jalisco o, antes, en Chihuahua.

Cuando a mediados de los 90′s Felipe Calderón llegó a la Presidencia del CEN del PAN, señalaba que el reto era “ganar la presidencia (de la República) sin perder el partido”. Hoy el PAN tiene una doble amenaza: Perder la Presidencia en el 2012 y llegar con un partido, si no perdido, sí debilitado, dividido y desilusionado.

¿Puede Acción Nacional recuperar su liderazgo y fortalecerse de aquí al 2012? ¿Cómo podría?

Durante décadas, el PAN ejerció un liderazgo muy importante para la transición a la democracia. Si no tenía el poder real, sí tenía autoridad moral.  Pero su discurso, y su legitimidad, se basaban en la defensa de la democracia (y no era casual que Adolfo Ruiz Cortines los llamara “místicos del voto”) y la promoción de los valores éticos vinculados al pensamiento social cristiano. Con ello, las banderas del PAN giraban en torno a la promoción y defensa de libertades civiles, la crítica al “ogro filantrópico” que se había apoderado del Estado mexicano y la construcción de la “patria ordenada y generosa” desde abajo: Desde la acción de la sociedad civil.

En realidad, ese discurso, valioso y perdurable, le alcanzó para encabezar la transición con los frutos que hoy tenemos: México es hoy en verdad una República, democrática, representativa y federal; hoy en verdad los votos cuentan, se ejerce realmente una división de poderes, hay transparencia en la rendición de cuentas de los tres niveles de gobierno, hay libertad de expresión, y la llamada “Presidencia Imperial” ya es historia.

Se ha logrado con éxito la transición a la democracia y aplausos para Acción Nacional y otros actores que heroicamente la empujaron y le dieron forma. Pero sigue pendiente la modernización de las estructuras sociales y económicas del país.

Y es que el puro régimen democrático favorece la libre competencia entre grupos de poder, tiende a evitar abusos de parte de los poderosos, permite premiar o castigar a quien gobierna bien o mal, fomenta la transparencia, la rendición de cuentas y la crítica, que bien puede llamarse la madre del progreso. Pero no más. La democracia no resuelve por sí misma los grandes temas de la agenda nacional; no diseña políticas públicas; no hace arquitectura estratégica ni le pone contenido al nuevo diseño institucional.

La modernización de las estructuras sociales y económicas del país necesita que vayamos mucho más lejos del maravilloso andamiaje democrático: No sólo requiere fuerza y capacidad de negociación ante las otras fuerzas y actores del proceso político. Esa modernización requiere, ante todo, creatividad, imaginación, ideas novedosas que saquen del atasco en que se encuentra el debate público y renueven la agenda nacional. Y capacidad ejecutiva: La imperiosa necesidad de hacer.

Hoy, alcanzados ya los objetivos primarios de la Transición, es necesario darle contenido programático a la modernización mexicana. El liderazgo político debe definirse en términos de la capacidad de proponer una agenda nacional que pueda resolver los grandes problemas nacionales.

Hasta ahora, el gobierno de Calderón no lo ha hecho y realmente se ha limitado a tratar de sacar adelante, aunque sea “super-rasuradas”, las propuestas  principales que se pusieron sobre la mesa el sexenio pasado. Pero ya se han echado por tierra otras reformas fundamentales como la política y la laboral. Y el gobierno básicamente ha concentrado su agenda en un tema verdaderamente fundamental, pero que, en buena medida, es una guerra que no hay modo de ganar si no se avanza, substancialmente, en la modernización integral de las estructuras sociales y económicas de México: La guerra contra el narcotráfico. Es urgente que se empiece a hacer lo que no se ha hecho. Y tres años de gobierno no son tan pocos como para irle dando forma a una nueva agenda política que le ponga contenido programático a la Transición mexicana. Si alguna posibilidad tiene el PAN para el 2012, ésta depende de que se le pueda ver, creíblemente, como el portador de este proyecto de modernización.

¿Qué temas debería tener una agenda para la modernización del país? Desde luego la agenda es muy amplia, pero consideremos lo siguiente:

I.        Agenda económica.

a.      Revolución fiscal. (Que no “reforma”). Se tiene que trabajar intensa y creativamente tanto por el lado del ingreso como del gasto. Sin IVA general no podrá ampliarse la base poblacional gravable, no se aumentará sustancialmente la recaudación  y no se podrá utilizar el impuesto sobre la renta como instrumento para favorecer la inversión y fortalecer a las pymes. En cuanto al gasto, tiene razón AMLO: El derroche del gasto corriente y la improductividad de las estructuras de la administración pública federal, son de dar vergüenza.

b.     PYMES. Las pequeñas y medianas empresas son la base de una economía dinámica y estructuralmente sana. El talento y la iniciativa empresarial necesita ser apoyado y fortalecido. En México las PYMES están más olvidadas que los pueblos indígenas y no es exagerado decir que son también un tema de seguridad nacional (son las principales generadoras de empleo y el principal medio promotor de la movilidad social: No habrá modo de acabar con la delincuencia sin pymes sanas y pujantes). Mucho se podría hacer desde la parte fiscal (para lo cual se requiere (a)), pero no sólo: Promover fondos de inversión de capital de riesgo y estrategias tipo cluster en torno a sectores estratégicos harían mucho bien.

c.      Romper monopolios y promover la libre competencia  en todos los sectores. Frecuentemente se señala que sin la Ley Sherman contra los monopolios, los Estados Unidos no hubieran podido promover el desarrollo abierto y sano de su economía. La destrucción creativa, base para el desarrollo de la economía liberal capitalista, es imposible sin pymes dinámicas y sin una legislación que favorezca la libre competencia. La estructura monopólica u oligopólica de la economía mexicana, hija del corporativismo político que hilvanó el tejido social del país durante el siglo XX, genera disfunciones brutales en las distintas cadenas productivas. Romper las estructuras de concentración de poder económico en telecomunicaciones, medios electrónicos y energía, con una ley antimonopolio, es factor crítico de éxito para la modernización integral de México: Lo mismo que pasó en lo político (contra el PRI como régimen de la Revolución y partido de Estado) tiene que pasar en lo económico (con esa poderosísima red de intereses que configura la verdadera Nomenklatura mexicana).

d.     Economía agrícola. ¿Cómo concebir y desarrollar proyectos de innovación empresarial en el campo mexicano? ¿Se podrían promover fondos de inversión de capital de riesgo para proyectos agroeconómicos? ¿Cómo vincular la investigación en biología, ecología y ciencias de la vida para generar desarrollo en una de las vertientes fundamentales de lo que se conoce como “economía verde”? ¿Se puede hacer prosperar a las cooperativas de campesinos? ¿Qué rol pueden jugar los microcréditos para el desarrollo de pequeñas empresas adecuadas a la demanda de las comunidades agrarias? ¿Se puede modernizar y fortalecer la operación del Fondo Nacional de Empresas de Solidaridad?

e.     Sistema financiero. Desde hace tiempo he pensado que los auténticos “non bank -banks” son los bancos que operan en México: Con una estructura competitiva muy orientado  a los sectores de altos ingresos, al glamour, al juego bursátil. Pero muy alejado de las pymes, de la iniciativa empresarial y de los “pobres” que no realizan operaciones de mínimo seis ceros. ¿Habría sido posible el despliegue de la economía norteamericana sin la “democratización” del sistema financiero y la forma en que éste apoyó y acompañó las muy diversas aventuras empresariales propias de la economía de la “destrucción creativa” en los últimos 150 años? Venture capitalists, fondos de inversión, admiración y no menosprecio a los emprendedores. ¿Cómo se puede “democratizar” el sistema financiero pero no sólo para el consumo, sino, en especial, para la producción? Sin esto, no hay economía liberal posible.

f.       Innovación científica y tecnológica. En plena economía del conocimiento, México casi no registra patentes. Cuando lo hace, éstas son mayoritariamente de empresas multinacionales que operan en México. ¿Cómo se vincula la investigación académica en ciencia y tecnología con el sector productivo? ¿Cuántos proyectos incubados en universidades e institutos de investigación se desarrollan realmente en empresas productivas? ¿Por qué será que las principales universidades privadas en México apenas tienen carreras de ciencias básicas y carecen de institutos de investigación? ¿Qué se hace desde la política pública para promover esto? ¡Pues algo debería hacerse porque esta situación es alarmante! Se podría empezar al menos identificando mejores prácticas al respecto de lo que hicieron hace unos 25 años Japón, Corea, India, España…

II.      Agenda política.

a.      Reforma del Estado. Como han señalado otros autores[9], vivimos en una parálisis política pasmosa desde 1997. El arreglo institucional que proviene de la Constitución Política de 1917, es ya claramente no insuficiente, sino disfuncional. Es imperativo promover una reforma sobre el funcionamiento del Estado mexicano  que incluya, entre otras cosas lo siguiente:

i.     Segunda vuelta en elecciones presidenciales.

ii.     Reelección de diputados y senadores.

iii.     Ampliación del periodo de gobierno municipal a 4 años.

iv.     Restauración de un marco competitivo electoral con libertad de expresión.

b.     Desmantelar el corporativismo, sobre todo a nivel sindical, promoviendo la democracia en la elección de los líderes y eliminando las cuotas forzosas, permitiendo a los agremiados la aportación voluntaria de las mismas. En particular, que el Estado no sea el retenedor de las cuotas sindicales de las centrales que tienen que ver con la actividad estatal o paraestatal (maestros, petroleros, burócratas)[10].

III.    Agenda social.

a.      Apuesta por las redes sociales y las organizaciones de la sociedad civil. Siendo la agenda social la más dolorosa de todas, es la que más imaginación requiere. Hasta ahora, el Estado mexicano, desde que arrebató la iniciativa de la agenda social a la Iglesia con las Leyes de Reforma, ha sido incapaz de resolver el problema de la marginación y  la pobreza extrema. Y dada la estructura de las finanzas públicas y la magnitud tan brutal de las múltiples demandas hacia el presupuesto del estado, es urgente identificar otras alternativas. El siglo XXI, se suele decir, será el siglo de la sociedad civil para resolver problemas públicos. Según Peter F. Drucker, las organizaciones ciudadanas podrán resolver de manera mucho más eficiente, eficaz, productiva y rentable, tareas que antes se le dejaban al estado[11].   ¿Cómo se aprovechan los esfuerzos de las ONG’s en México? ¿Qué se puede hacer desde la coordinación del Estado para promoverlas y elevar su penetración, su capacidad de acción y su eficacia? ¿Cómo se puede vincular mejor a este tipo de organizaciones con el sector empresarial privado y la coordinación facilitadora del gobierno? ¿Cómo aprovechar mejor el movimiento de la Responsabilidad Social Empresarial?

b.     Rediseño institucional y reingeniería de procesos en todas las dependencias de servicios sociales del Estado. Que “tienen poco amor y lo gastan en celos”. La improductividad, corrupción y falta de calidad de las distintas dependencias del sector social del Estado mexicano es impresionante: Desde el sistema de educación pública, al Instituto Mexicano del Seguro Social (con todo y guarderías).  Dada la escasez de recursos y la inmensidad de la demanda en estos ámbitos, la improductividad aquí es imperdonable. ¿Qué otros diseños organizacionales podría haber para elevar la eficacia institucional y la eficiencia operativa en estas dependencias? ¿Cómo se pueden reestructurar los procesos y ganar velocidad y calidad?, ¿qué puede hacer la tecnología?[12]

Y con todo, claramente nos quedamos cortos.

Hoy, cuando algunos anuncian que el sexenio calderonista ya murió; que la derrota electoral del 5 de julio ha dejado al Presidente sitiado y sin más cartuchos que los del Ejército y la PFP en la cruzada contra el narcotráfico, se puede retomar el liderazgo definiendo la agenda, trazando un proyecto, diciendo hacia dónde, señalando los temas para abrirle paso al futuro de México: ¡Ejercer el liderazgo para la modernización!

No es que haga falta un “proyecto alternativo de nación” como dice AMLO. Es que hace falta un proyecto. Urge poner sobre la mesa una agenda para el futuro. Es necesario tomar la vanguardia, sin olvidarse de la ciudadanía ni de los principios del PAN.


[1] Diario Reforma, suplemento “Enfoque”, 19 de julio de 2009. P. 5.

[2] Ibid.

[3] Véanse en particular los análisis que al respecto hizo el Dr. Jaime Sánchez Susarrey en su columna sabatina del periódico Reforma durante el 2007 (en particular la del 22/09/07).

[4] Y que fue causa fundamental del vacío de contenidos inteligentes en las campañas electorales previas a las recientes elecciones del 5 de julio.

[5] Reforma, 9 de julio de 2009.

[6] Reforma, 17 de agosto, 2009.

[7] “México muere porque el Sistema vive”, señala cínicamente Roberto Madrazo en su libro El Despojo. A Belcebú le ha dado asco el Infierno.

[8] Newsweek-español, agosto 10, 2009. P 18 y ss.

[9] Véase El Evangelio de la Transición, de César Cancino, ed. Debate. Y también Jorge G. Castañeda y Manuel Rodríguez Woog, “Una agenda para el 2012″, suplemento “Enfoque”, Reforma, 9 de agosto de 2009.

[10] Véase el interesante planteamiento que al respecto hacen Castañeda y Rodríguez Woog en el texto ya citado.

[11] Cfr. De Peter F. Drucker dos textos fundamentales: Las Nuevas Realidades y Gerencia para el Siglo XXI.

[12] Aquí conviene referirse a dos textos que marcarán la pauta del diseño organizacional en el futuro: Reimagina, de Tom Peters y The Future of Management, de Gary Hamel.

El Caso del PAN I: El gobierno del cambio

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Es claro que la notable recuperación de espacios de poder por parte del PRI tanto en el Congreso como en regiones donde Acción Nacional (AN) se pensaba sólidamente establecido, no puede explicarse sin atender críticamente a la gestión del PAN como partido en el poder. Porque si bien es cierto que la transición mexicana a la democracia nació un tanto encadenada por fuerzas muy poderosas del antiguo régimen y con márgenes de maniobra muy reducidos para el nuevo régimen, también es verdad que AN no ha sabido aprovechar los espacios que sí ha tenido para fijar agenda y movilizar políticamente al país.  Este es un problema serio no sólo para los panistas, sino también para el país, toda vez que pone en riesgo el proyecto mismo de la transición política y la modernización social de México. ¿Qué podemos aprender de los nueve años de gobierno federal de Acción Nacional y qué de las muchas gestiones regionales en diversos estados y municipios del país?

En esta entrega analizaré, brevemente al Gobierno de Vicente Fox. Prometo una siguiente entrega para hablar del gobierno del Presidente Calderón.

El gobierno de Vicente Fox ciertamente desilusionó a muchos mexicanos y mexicanas (y golpeó las esperanzas de muchos chiquillos y chiquillas). El llamado “gobierno del cambio” no pudo cambiar muchas cosas que efectivamente había qué cambiar y no estuvo a la altura de las expectativas que había levantado. Entre los reclamos principales que habría que hacer a la administración Fox están los siguientes:

La falta de claridad sobre el grado de madurez política en la sociedad y la situación real de la democracia en México, y la consecuente ausencia de una agenda estratégica y de gobierno que le diera forma al cambio político y social.

De alguna manera, Fox pensó que “sacar al PRI de los Pinos” sería suficiente para que las fuerzas ciudadanas, aparentemente ya liberadas del yugo autocrático, espontáneamente darían forma a un nuevo régimen que, incluso hoy, no ha terminado de nacer. Se quiso, quizá, que la antigua “Presidencia Imperial” no volviera ni por asomo, optando mejor por un estilo de “liderazgo participativo”, “democrático”, que era a todas luces, cuando menos prematuro para una ciudadanía no tanto atrofiada sino en estado fetal, aún no nacida, en ciernes. Todavía se quería y se necesitaba un Presidente fuerte que diera línea clara y que hiciera hacer, ejerciendo debidamente el poder (aunque acotado) de la institución presidencial.

Hay un viejo adagio en materia de liderazgo: Cuando estés al mando, manda. El poder, por no usarse, se pierde. Eso le pasó a Vicente Fox. Quiso apoyarse de más en la sociedad civil:

¡Que la ciudadanía decida! Que los grupos organizados de la sociedad civil, vayan generando su propia agenda, y que el que tiene qué poner el clavo decida cómo ponerlo.

Quiso hacer valer, por vez primera en la historia de México (y desde que era la Nueva España) el Federalismo, y fue así como se negó a intervenir en casos tan sonados como el de Yucatán, Puebla o Oaxaca. Paternalismo nunca más; corporativismo, nunca más; centralismo, nunca más.  Pero la ciudadanía no estaba allí. Y la que estaba, no estaba organizada.  Y los poderes locales, del antiguo régimen, llenaron los espacios vacíos de poder que la presidencia no ejercía.

Fox quiso gobernar para una sociedad madura, que no encontró o que no le respondió suficientemente. Pero esta falta de juicio en un gobernante, es una falla grave de quien gobierna.

La falta de estatura ética[1] para responder debidamente a las circunstancias que el proyecto demandaba.

Un clásico artículo en materia de Liderazgo[2] señala que al gobernante se le deben pedir una serie de atributos personales muy elevados: Debe ser en verdad, un gran hombre (o mujer); la combinación perfecta entre Pedro “El Grande”, San Pedro y el Gran Houdini. Y justamente una cualidad que distingue a los grandes estadistas es que van creciendo a medida que el proyecto que encabezan los obliga a hacerlo: Esos son, por ejemplo, los casos (con toda razón célebres) de personajes tales como Charles de Gaulle, Winston Churchill o Mohandas Gandhi. No es que estén libres de error, es que, frente al desafío, se crecen. En eso consiste la grave responsabilidad de un gobernante: En su capacidad para responder a las cambiantes y desafiantes situaciones que enfrenta.

Desde luego, Vicente Fox no estuvo a la altura. Frente a circunstancias sumamente difíciles que lo obligaban a crecer como hombre de Estado, se quedó en el “¿y yo por qué?”.

Tanto la transición mexicana a la democracia como la modernización de las estructuras socioeconómicas, han estado bloqueadas por una serie de intereses creados y poderes fácticos que requerían de gran firmeza, fortaleza y astucia para romperse. Pero el gobierno de Fox, en varias ocasiones, vaciló, retrocedió, daba un paso hacia delante y dos hacia atrás. Esto pasó con la Reforma del Estado, con la política exterior, con el caso Atenco y el desarrollo de un nuevo aeropuerto para la Cd. de México, con el “Pemexgate”, con la Fiscalía Especial sobre los crímenes del 68, etc. En todos estos casos faltó determinación. Quizá con mayor claridad sobre la agenda estratégica y de gobierno, con certeza de los factores críticos de éxito para el proyecto de modernización, se hubiera ganado la seguridad para plantarse mejor y empujar más fuerte… pero eso no se tenía.

Por si fuera poco, además, el PAN estaba obligado a hacer un gobierno verdaderamente ejemplar: cuidando con lupa los casos de corrupción, evitando las tentaciones de los vicios del poder, hacer todo lo posible por lograr una gestión éticamente intachable, capaz de restituir el papel de la ética en el ámbito de la política mexicana. Y esto tampoco ocurrió: Más allá de los dictámenes legales correspondientes, el sexenio quedó manchado por los negocios de los Bribiesca Sahagún[3], la forma en que se quiso debilitar el liderazgo de López Obrador y casos diversos de corrupción panista en diversas regiones del país.

Sí. Necesitábamos que Vicente Fox fuera esa combinación de Pedro “El Grande”, San Pedro y el Gran Houdini. No lo fue. Y la transición mexicana se quedó “entre azul y buenas noches”.

Este reclamo a Don Vicente no es menor y su gestión no fue una “historia de éxito”. Sin embargo, en el otro lado de su balance, me parece que se deben reconocer diversos elementos que sí contribuyeron al avance modernizador de las estructuras y prácticas políticas de nuestro país. Para ilustrarlo de algún modo, digamos que pasamos de “La Ley de Herodes” a “El Privilegio de Mandar”: Las prácticas autoritarias, corporativistas y cerradas,  así como el uso patrimonialista de los recursos públicos plasmadas genialmente en la película de Luis Estrada, dieron paso a formas de ejercicio del poder más transparentes, abiertas y plurales, como las caricaturizadas en el programa de televisión que le puso un toque de humor al quehacer político del sexenio foxista. Se avanzó considerablemente en la práctica del federalismo (aunque esto permitió el surgimiento o afianzamiento de liderazgos locales no ordenados al bien común -”neocacicazgos”),  se gozó de una total libertad de expresión (como sólo antes en tiempos de Madero), desapareció la “presidencia imperial” dando lugar a una presidencia acotada, republicana (quizá, eso sí, demasiado acotada); como acaso en los tiempos de la República Restaurada en el s. XIX, se vivió una auténtica división de poderes, y tanto la Suprema Corte de Justicia como las Cámaras de Diputados y Senadores jugaron un papel activo y relevante para la gestión pública. Por primera vez en 100 años[4], México fue, realmente, una República democrática, representativa y federal.

El problema fue (ha sido y sigue siendo) que la realidad de la vida republicana y democrática, reclamaba de la corresponsabilidad, efectiva y orientada al bien común, de un sin número de actores que, para decirlo con justicia, tampoco estuvieron a la altura de las responsabilidades enormes que se abrieron con el resultado electoral del año 2000: Ni los diputados y senadores, ni los gobernadores, ni los jueces, ni los empresarios, ni los líderes sindicales, ni los medios de comunicación ni nuestra notable intelligentzia (devenida en “comentocracia”). La nueva y real democracia mexicana puso sobre la mesa la verdad de nuestro desarrollo como sociedad (que no gratuitamente Ikram Antaki acusaba de vivir en un estadio de desarrollo “pre-político”): Somos un pueblo bastante inmaduro para el nobilísimo arte de la Política.

Con todo, el otro logro nada menor de la administración Fox estuvo en el terreno de la estabilidad económica, y el “bono democrático” ayudó bastante para mantener muy baja la inflación (la menor por mucho, desde los años del Desarrollo Estabilizador finalizado a mediados de los 60′s), con la consecuente reducción de las tasas de interés y la reactivación del crédito al consumo. (La baja inflación sostenida, por cierto, resultó ser uno de las políticas más eficaces para reducir los niveles de pobreza que mejoraron durante el sexenio).  La captación de inversión extranjera acumulada durante el sexenio fue también la mejor de los 100 años anteriores.

La marcha de la economía, empero, no fue mejor debido a la falta de reformas estructurales que eran (y siguen siendo) en verdad necesarias para quitarle los grilletes al desempeño microeconómico y fortalecer la competitividad de las empresas del país: Ni reforma fiscal ni reforma energética ni reforma laboral. Estas reformas, como se sabe, se atoraron (y se siguen atorando) por la mezquindad, irresponsabilidad y miopía de los partidos de oposición en el congreso. Y sí, también, de la incapacidad de los congresistas de Acción Nacional y los defectos del  gobierno de él emanado.

Cuando tanta gente se dice desilusionada del gobierno de Fox tiene, desde luego, en parte razón. Pero en parte no. Porque el relativo fracaso (o medianísimo éxito, según se quiera ver) del “gobierno del cambio” hay que atribuirlo más al bajo nivel de civilidad en nuestra cultura política, a la enclenque ciudadanía y a la muy mediocre clase política (en general), que a la gestión directa de la administración Fox, que hizo lo que pudo hasta que lo rebasó la depresión[5]: Y esto ocurrió más o menos a la mitad del sexenio. Porque a Fox le pasó lo que al cohetero: Le chiflaban si tronaba. Y también si no.

Votamos en el 2000 por un cambio democrático y una presidencia republicana. Pero seguíamos pidiendo (en el fondo de nuestro pervertido subconsciente) una presidencia autoritaria y un padre protector. Quizá por ello fue que muchos de los nuevos modos que adoptó el propio Presidente y varios de sus secretarios de Estado no se comprendieron y fueron criticados acremente: Estos no saben de política, porque no hacen lo mismo que los de antes. ¿A quién se le ocurre hablar de las “lavadoras de dos patas” o pararse en una iglesia siendo político? ¿A quién se le ocurre echarle bronca a Fidel Castro o a Hugo Chávez o denunciar las violaciones de los derechos humanos en Cuba? ¿A quién se le ocurre querer renovar la política exterior de México que tantos aplausos nos trajo entre los pueblos del Tercer Mundo? ¿A qué Presidente se le ocurre respetar a los gobernadores y no deponerlos por problemas políticos en sus estados? ¿A quién se le ocurre utilizar un lenguaje coloquial y hasta chabacano para desmitificar la acartonada y lejana figura presidencial (a excepción de Bill Clinton, Tony Blair o George W. Bush)? ¿Cómo es posible que un político termine un discurso con “que Dios los bendiga”?

Una de las lecciones importantes que yo derivo del análisis del sexenio de Fox es que tiene razón el artículo 3º constitucional: Que la democracia es cultura; es una forma de vida. Que la transición mexicana necesita mucho más que el respeto al voto. Que necesitamos un cambio cultural muy profundo. Necesitamos nuevas ideas, nuevo lenguaje, nueva inteligencia. Es claro que nuestros usos y costumbres políticos (sobre todo los de la clase política tradicional, que es por supuesto la más conservadora, la verdadera ultraderecha, agrupada en sectores amplios del PRI -los más corporativos-  y en los sectores duros del PRD, así como en ciertos personajes de la “comentocracia”) están llenos de complejos y temas tabú; anclados en discursos válidos hace 50 años pero no hoy; más viendo hacia atrás que hacia adelante y más cuidando formas vacías que acciones prácticas. Estamos llenos de usos y costumbres incapaces de abrirse a nuevas formas de lenguaje político o a nuevas pautas de gestión pública, política económica y acción social. En México debemos en verdad, reinventar el gobierno y reinventar la política.

Fox empezó intentándolo. Algo avanzó. Después no estuvo a la altura y una ventana de oportunidad maravillosa para dar ese paso difícil a la modernidad[6] se fue desvaneciendo y hoy casi la hemos perdido. Fox no pudo. Pero no fue el único responsable. La sociedad mexicana tiene que hacer su mea culpa.

Queda una pregunta en el aire: ¿Ha fracasado verdaderamente el PAN como gobierno?  Mi respuesta es que no propiamente, pero sí ha quedado a deber. Falta analizar la gestión de Felipe Calderón.

20 de julio, 2009.

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NOTAS


[1] No me refiero al uso vulgar del término “ética”, sino en particular a la estructura caracterológica, al autodominio, a la fuerza de voluntad para vencerse a sí mismo y, sobreponiéndose a la adversidad, estar a la altura de las demandas que plantean los deberes de Estado. Podría decirse, también, de un mayor apego a las virtudes cardinales: Prudencia, Fortaleza, Justicia y Templanza.  Estas son la base del carácter (o modo de ser) de un gran hombre.

[2] Thomas Teal.  “The Human Side of Management”. Harvard Business Review, Nov-Dic, 1996.

[3] En este caso en particular, el problema no fue necesariamente legal, pero sí ético.

[4] Para referirse sólo al s. XX. En realidad se debería decir que por primera vez en la historia (salvo quizá los pocos años de la República liberal juarista).

[5] No hay que olvidar, tampoco, que desde el inicio de la gestión de Vicente Fox, el PAN tuvo a la mayoría de diputados en el Congreso en contra y en oposición tan visceral como verdadera: Los priístas señalando que “toda derrota para Fox es un triunfo para nosotros” y los perredistas considerando que la transición por la derecha, “es una desgracia para México”. Por otro lado, el margen financiero para maniobrar con los distintos instrumentos de la política pública, fue siempre muy estrecho porque un porcentaje muy elevado del gasto gubernamental estaba ya comprometido tanto para gasto corriente como para hacer frente a obligaciones contraídas en administraciones anteriores.

[6] Del que hablaba Carlos Salinas en su libro que lleva ese título y que al final o no pudo o no quiso dar. Por cierto, CSG señala un obstáculo mayor para la modernización del país: La “Nomenklatura”. ¿Quién la encarna? ¿Qué formas lingüísticas tiene? ¿Qué discursos la manifiestan? ¿Qué intereses creados la protegen y guardan?

¿Qué significa la victoria del PRI?

Uno de los aspectos más relevantes de las elecciones del pasado 5 de julio es el regreso del PRI como primera fuerza política nacional. No sólo porque casi llega al 40% de diputados en el congreso (cosa en sí misma no tan notable -el resultado es, de hecho, parecido al de las elecciones intermedias del 2003) sino, sobre todo, por su reposicionamiento en distintos ámbitos regionales que habían ya avanzado hacia esquemas más desarrollados de acción política (Guadalajara, Querétaro, San Luis Potosí, Naucalpan, Tlalnepantla, Huixquilucan, Chalco, Ecatepec).  ¿Cómo interpretar este fortalecimiento del PRI? Quiero dedicar unas líneas a explorar  el impacto de este hecho en la modernización política y social de México.

La verdad es que, lamentablemente, el PRI nunca ha dejado de ser la principal fuerza política en este país. Por eso es que la “Transición a la democracia” mexicana no ha podido completarse y se ha quedado en mera alternancia, y los cambios que desde hace décadas reclama la modernización  integral del país no han podido realizarse. Digamos que la antigua “Nomenklatura” enquistada en las estructuras del Estado, ahí sigue y ni se quiere salir ni la hemos podido sacar [1]. Ya lo decía la maestra Gordillo todavía como secretaria general del PRI cuando el gobierno de Fox buscaba tomar las riendas políticas del país: “Perdimos la Presidencia, pero conservamos el poder”. No sólo la mayor parte de las gubernaturas de los estados y sus respectivos congresos (en la mayor parte de la Federación, de hecho, bien se podría decir que no ha habido transición alguna: siguen gobernando los mismos, con las mismas prácticas -o mañas- y simplemente “el jefe máximo” les ha quedado más cerca, ya no en la presidencia de la república, sino en la casa de gobierno de su propia entidad federativa); también el congreso federal, para todo fin práctico y en términos de real politik, nunca ha dejado de ser dominado por el PRI, sin importar que fuera éste la segunda o incluso la tercera mayoría: No han dejado de ser el fiel de la balanza para intentar cualquier reforma legislativa de las muchas que hacen falta. Y desde luego, todas las importantes las han bloqueado muy eficazmente.

¿Qué ocurrió entonces con este resultado electoral del 5 de julio? Que las corrientes opuestas a la Transición (léase mejor modernización política) se han fortalecido; han recuperado espacios que habían perdido y esto es significativo porque con ello, el antiguo régimen consolida su capacidad de gestión regional, donde los gobernadores y presidentes municipales (casi con “el carro completo”) pueden nuevamente implantar esquemas corporativistas de acción y control político. Con este resultado, hemos retrocedido varios pasos respecto a la para muchos anhelada modernización política del país (y no está de más decir que la modernización en el ámbito político es condición sine qua non para la modernización en otros ámbitos -como el económico, el de la seguridad pública o el de la educación y la cultura). ¿Y por qué es un retroceso? Porque no hay “nuevo PRI”. Porque son los mismos de antes, con el mismo discurso, las mismas creencias, los mismos principios, los mismos valores y los mismos vicios. Porque nadie desde dentro del PRI, después del 2 de julio del 2000, ha llamado a la autocrítica ni ha reconocido los errores y horrores del régimen nacido de la Revolución Mexicana. Ahí siguen, vivitos y coleando, personajes tales como Manuel Bartlett, Emilio Gamboa, Arturo Montiel, Jesús Murillo, Carlos Romero, Manlio Fabio Beltrones, etc. El más chimuelo de estos, come clavos. Y no es mera puntada decir que cualquiera de ellos está más cerca de Leonid Brezhnev que de Barak Obama.

Se ha fortalecido el Muro de Nopal, que ya vimos que no era tan frágil como el Muro de Berlín. Nuestro muro está profundamente arraigado en los usos y costumbres de una ciudadanía poco pulida intelectualmente, poco consciente de su corresponsabilidad hacia la consecución del bien común o del bien público y no sólo poco organizada en redes de acción ciudadana, sino, al parecer, poco dispuesta a hacerlo.

No podemos ignorarlo y es necesario decirlo: Ese “Muro de Nopal”, que obstruye terriblemente la modernización social de México, es priísta y está cimentado en una lógica corporativista, clientelar, autoritaria, caciquil, cerrada (no abierta y no transparente -plagada de arreglos “en lo oscurito”)  y, como alguna vez lo señalara Enrique Krauze, ha tenido en la corrupción no un subproducto accidental sino el pegamento que permite unir los ladrillos de su alzada.

Pues la recuperación y fortalecimiento de esa tradición es el resultado del voto libre de muchos de nuestros ilustres electores. Sin distinción de clases sociales o regiones. ¿Cómo explicarlo? Hay varias rutas: Una es que el PRI ya sin dedazo del Gran Elector, ha podido escoger mejor a sus candidatos, más cercanos a la base social de electores. Otra es, desde luego, un castigo electoral al PAN, del que habrá que ocuparse en otra entrega, sin embargo, ¿por qué castigando al PAN tantos electores se regresan al PRI? Además de que se puede decir, con cierta validez, que porque no hay muchas otras opciones viables, esta es una veta explicativa que vale la pena explorar con más detenimiento, pues entraña aspectos más de fondo de la cultura política mexicana.  Veamos.

En realidad, el voto priísta no deja de esconder, o cierto cinismo o cierta ignorancia (de los últimos 70 años de la historia de México). Dicho de otro modo, y más claro: Por el PRI se vota, o por cinismo  o por ignorancia. Ambos factores, y esto es lo importante, acusan fallas graves de formación cívica.

El cinismo, dicen, es la armadura de aquellos que han perdido la esperanza: Es la razón cínica que prefiere lo malo por conocido  “porque en este país sería imposible otra forma de hacer eficaz al gobierno”. Nomás que de esa manera se institucionalizaron la corrupción, el dedazo, el manejo patrimonialista de los recursos públicos, la falta de rendición de cuentas y, la moral (la ética, los referentes al buen hacer), quedó reducida a “un árbol que da moras y que sirve pa pura chingada”[2]. Y con ello, en la disolución de la virtud como conducta habitual de quienes gobiernan, el capital social mexicano se ha visto severamente dañado[3].

En cuanto a la ignorancia de la historia reciente de México, ¿cómo, de conocerse, no reaccionar y oponerse (sin ser cínico, claro),  ante diversos episodios del régimen priísta entendido como una serie de creencias y prácticas en torno al poder y el ejercicio de gobernar compartidas por los miembros de esa clase política y transmitidas con gran eficacia por generaciones haciendo de ellas una verdadera cultura política? El fraude electoral como norma bajo la que “se hacían” las elecciones en aquél régimen[4]; el trato que se daba a los partidos de oposición (al PAN, al Partido Comunista, incluso ya en los años 90′s a la alianza que configuró el Frente Democrático Nacional para derivar en el PRD con persecuciones, asesinatos, ley mordaza, etc.); cómo “se asignaban diputaciones” al PAN o a los paraestatales PPS o PARM, al capricho del Secretario de Gobernación o del Presidente de la República en los tiempos, incluso, “de apertura” de aquél sistema (en los años 60′s o 70′s, todavía después de la Reforma Electoral de Reyes Heroles en 77) y cómo se procedía de la misma manera con las primeras gubernaturas “otorgadas” al PAN en el sexenio de Salinas de Gortari. Los excesos de la Presidencia Imperial: Desde las historias de los hermanos incómodos, como Maximino Ávila Camacho[5] , Margarita López Portillo o Raúl Salinas de Gortari; la represión a los movimientos (legítimos) de ferrocarrileros (58), maestros, médicos (64) y estudiantes (68); el cierre de Excélsior (76), el control autoritario de la prensa (sea el “no pago para que me peguen” de López Portillo o el asesinato de Manuel Buendía, ordenado desde la Secretaría de Gobernación). O la colección de próceres del corporativismo y productos refinadísimos de ese régimen: Carlos Jongitud Barrios, Joaquín Hernández Galicia (La Quina), Elba  Esther Gordillo, “La Güera” Rodríguez Alcáine o Napoleón Gómez Urrutia (y su padre, Napoleón Gómez Sada), cada cuál con su estela de corrupción, nepotismo y autoritarismo.

Insisto: Estos horrores sólo se omiten, o por cinismo o por ignorancia. Hay que decirlo una y otra vez: Se vota por el PRI por falta de formación cívica (ética, de filosofía política, de historia).  Y este elemento debe ser tenido muy en cuenta si queremos seguir avanzando hacia la modernización de México.

Hoy, para mucha gente, al parecer, el PRI es un partido más en el supermercado de los partidos políticos. Y votaron por él porque se ve sólido, porque tiene experiencia. Y sí, ¿pero para qué? No aciertan a verlo como lo que queda (que no es poco) de un régimen que bloqueó, por sus creencias y valores, en muchos sentidos, la formación y el desarrollo de una ciudadanía participativa, socialmente responsable y facultada para la mejora continua desde abajo de nuestro tejido social. No se recuerda ni se tiene la conciencia que es justamente de ese régimen del que nos debemos alejar si queremos una sociedad más moderna, más desarrollada, más abierta, más plural y más sólida.

Lo que ocurrió en esta elección no es bueno. No para el PAN, desde luego. Pero tampoco para México.

Quizá valiera la pena crear un Museo Crítico de la Revolución Mexicana. Aunque sea virtual. ¿Quién se apunta? Necesitamos difundir la historia si queremos aprender un poco de ella para vivir mejor.

10 de julio, 2009.

NOTAS


[1] Fredo Arias King ya señalaba que uno de los errores más graves de Vicente Fox fue que no removió a las estructuras  y cuadros administrativos del PRI, y que intentó hacer avanzar la transición con ellos adentro. Que pronto en su sexenio pactó con grupos muy poderosos dentro del priísmo (echeverriístas y salinistas). En realidad debe discutirse y analizarse si fue por un error de cálculo político o porque no tenía opción. Quizá haya sido un poco de las dos cosas, pero el caso es que allí los dejó: En posiciones clave de diversas secretarías de Estado, en el sistema paraestatal, en las policías, en la gestión económica y en el desarrollo social; también en el aparato de control corporativo del antiguo régimen (sindicatos).

[2] Frase célebre atribuida en principio a Gonzalo N. Santos y luego citada por Luis N. Morones y por Fidel Velázquez. Todos ellos, egregios representantes de la clase política representante de la Revolución Mexicana.

[3] Véase el libro Trust, de Francis Fukujama, donde el politólogo desarrolla muy sólidamente la correlación existente entre la virtud como norma de la conducta pública y el desarrollo integral (social y económico)  que  viene aparejado: A eso Fukujama le llama capital social, y lo pone como la base del progreso. La ética, como la más práctica de las ciencias todas.

[4] No es este el lugar para hablar con detalle de la forma en que se resolvieron los comicios entre 1929 y 1997, pero recuérdense casos como los narrados en La Sombra del Caudillo o La Ley de Herodes, para referirse a la literatura o el cine, o los de José Vasconcelos, Juan Andrew Almazán, Miguel Henríquez Guzmán o Cuauhtémoc Cárdenas.  ¿Cómo olvidar aquella declaración justificando “el fraude patriótico” en 1986, en Chihuahua para “no entregarle el país a la derecha”? Y la persecución de que fueron objeto personajes como Luis H. Alvarez, Salvador Nava, Heberto Castillo o cientos de ciudadanos que quisieron plantear una alternativa electoral al régimen tanto a nivel regional (municipios o estados) como nacional.

[5] Véase o, mejor, léase, Arráncame la Vida, de Ángeles Mastreta.


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El manejo del personal en tiempos de crisis, a propósito del caso Bimbo

A propósito de la excelente presentación que tuvimos en Bimbo, “Los desafíos del liderazgo en tiempos de incertidumbre”,  a cargo de Javier Millán, su Director Corporativo de Personal y Relaciones, grabamos una breve reflexión en video que les invito a ver. ¿Cómo movemos nuestras fichas para generar más riqueza? ¿Qué pasa cuando de plano no hay para donde hacerse, cuando el mercado simplemente no da? En este sentido, me parece que le tenemos miedo a ser paternalistas. ¿Ustedes qué opinan? Dejen sus comentarios.

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La base social del delito

No sabemos si México es una Estado fallido o no, pero tenemos un tejido social con una serie de fracturas significativas. Histórico es el defecto de la desigualdad en la distribución del ingreso. ¿Qué caminos tienen los que no tienen (los have not) para hacerla en la vida? 

Hay un libro que se llama Mc Mafia: el crimen sin fronteras, cuyo planteamiento central es que los negocios ilegales son esencialmente la respuesta de los que no tienen por no tener ambiciones de integrarse a la economía mundial. 

En Europa del Este, cuando se cayó el Estado soviético y dejó en la calle a mucha gente, para muchos el camino de encuentro con la economía globalizada fue la Mc Mafia, una economía de redes, como la estrella de mar y la araña, dedicada al tráfico de armas, drogas, mercancía pirata, niños, mujeres… que encontró rentabilidad y costos bajos. Una industria con pocas barreras de entrada (es muy fácil meterte), altas barrera de salida (si te sales te matan), y mucho incentivos para quedarte adentro (altos márgenes de rentabilidad, tortuosa operatividad policiaca). 

En México, frente a las dificultades de operar en la economía formal, desde el tiempo que te tardas en abrir una empresa, hasta la guillotina que suponen las pensiones del IMSS o el Impuesto Sobre la Renta, o las prácticas de los grandes corporativos de pagarte tarde, la ausencia de capital de riesgo, más los problemas de infraestructura y educación, muchos encuentran más rentable entrar en la Mc Mafia, que el sano camino de trabaja-ahorra-invierte. 

Esto, aunado a la pérdida de valores judeocristianos, configura lo que muchos autores han llamado la base social del delito. Cuando hay redadas policiacas o del ejército, lo mismo en Tepito que en Monterrey, y grupos de hombres y mujeres, niños y viejos que deberían sentirse agradecidos y protegidos, marchan en contra de la policía y a favor de la delincuencia, quiere decir que para ellos es más valioso defender su modus vivendi que la seguridad; es decir, la Mc Mafia tiene base social: es un negocio de franquicias y empresa familiares.  

En tanto no se fortalezca la capacidad de operación de las empresas legales, micro y pequeña, como camino de prosperidad de las familias de clase media-baja, es muy probable que el delito siga teniendo base social. Será más rentable la Mc Mafia que el taller familiar. En este sentido, apoyar a las pymes es claramente un tema de seguridad nacional. También trabajar sobre la recuperación de valores tradicionales judeocristianos, lo es. 

La racionalidad instrumental y el Mito de la Caverna

El pensamiento técnico no es meditativo. En el mundo del know how, está faltando el know why: La filosófica pregunta por el sentido. Este es el problema del mundo contemporáneo, su drama, su vía crucis, su absurdo: Nos falta la reflexión sobre la amplitud de la vida humana. El homo viator debe reemplazar ya al homo economicus. Ese es el reto. Esa es la actualidad del Mito de la Caverna: Es urgente salir de la caverna de la ciencia positiva y del nihilismo imperante y volverse a atrever a mirar el misterio de la vida humana, con su resplandor que nos ciega, pero nos llena de esperanza y sentido.

Lee este artículo completo que publiqué en el sitio web de USEM.