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“Lo que más pesa en estas horas difíciles y, a la vez constituye el gran reto del futuro para nuestro partido, es que no hemos sabido combatir con inteligencia al viejo régimen: Al que derrotamos electoralmente en el año 2000; con el que, paradójicamente, seguimos gobernando y con el que nuestros opositores -fundadores de ese viejo régimen- nos ganan elecciones- en el colmo de las contradicciones- precisamente con los instrumentos del pasado que nosotros mismos hemos apuntalado”.
Santiago Creel Miranda[1].
“El PAN debe alejarse de prácticas que han minado la confianza de los ciudadanos y hasta de los propios panistas, toda vez que se han privilegiado intereses personales o de grupo…”
Ricardo García Cervantes.[2]
Cuando Felipe Calderón Hinojosa tomó posesión de su cargo en diciembre de 2006, su margen de maniobra para sacar adelante una agenda propia de gobierno, era muy estrecho. Recuérdese que apenas pudo pararse en la tribuna del Congreso en medio de un caos de mentadas y gritos de “México-México”, y que el margen de votos con el que resultó electo fue apenas de 0.5%, siendo el Presidente con el menor porcentaje de votos de la historia para asumir el cargo (35%). El perredismo estaba dispuesto a no conceder nada, o menos. Y el priísmo, menos radical, quizá más práctico… tampoco.
No obstante, el gobierno de Calderón se fue abriendo paso y, ya reconocido por los sectores moderados del PRD, empezó a moverse y a conseguir ciertos avances que hicieron pensar que la parálisis política que había impedido las reformas estructurales planteadas por la administración Fox, finalmente se destrababa. Así, en el primer trimestre de 2007, el Presidente Calderón, consiguió sacar adelante una importante reforma a la ley de pensiones del ISSTE de impacto muy positivo a mediano y largo plazo sobre las finanzas públicas. Más adelante, en ese mismo año, logró negociar una reforma fiscal que, aunque se quedó muy corta respecto a la que hubiera sido deseable y no permitió ampliar la base gravable ni resolver el problema estructural de las finanzas públicas ni promover la inversión privada ni fortalecer a las pymes ni aumentar el gasto social, fue un avance y ha permitido elevar la recaudación fiscal. Después, ya en 2008, empujó su administración la tan anhelada reforma energética que también avanza en diversos aspectos (flexibiliza el régimen de inversión y la operación de Pemex, fortalece su gobierno corporativo, posibilita la subcontratación de terceros para operar nuevas tecnologías), pero que, de igual forma, se quedó muy corta para los requerimientos reales de modernización en este aspecto vital de nuestra economía. Finalmente, a mediados del 2008, se firmó un acuerdo con el gremio magisterial, que asegura la medición constante de la calidad en el desempeño de maestros, alumnos y escuelas, al tiempo que induce una mejor selección de profesores en el SNTE.
Sin embargo, estos resultados alcanzados no lograron arrancar el aplauso de la sociedad, ni entre el llamado “círculo verde” (el de los amplios sectores de la opinión pública) ni en el “círculo rojo” (el de los expertos, los analistas y formadores de opinión). ¿Por qué? En parte quizá porque el propio gobierno no ha festejado suficientemente estos logros. Pero también, quizá, porque realmente no hay tanto que festejar: Hay, sí, avances, pero minúsculos en relación a la magnitud de los problemas correspondientes.
Desde el gobierno se ha dicho, reconociendo la clara insuficiencia de estas reformas y esto con cierta razón, que es mejor algo que nada. Que la política es “el arte de lo posible”. Que en política no se puede siempre todo, pero se puede parte y que es preferible un avance quizá pequeño, pero real, sobre uno ideal imposible.
Un problema ha sido que estos avances graduales, esta política “de lo posible”, ha devenido en una política del “como si”: Como si en verdad nos moviéramos, como si estuviéramos realmente avanzando. Y quizá sí lo estemos haciendo, pero muy a paso de tortuga. Lo ganado es tan poco respecto a lo necesario, que la celebración de estos logros puede, tal vez, incluso hacernos daño: Si por el avance logrado cerramos el expediente o lo damos por cubierto, quitaremos el dedo del renglón y dejaremos de empujar.
Pero hay algo más grave aún. Estas reformas del “como si” terminan por fortalecer las estructuras de poder corporativas y autoritarias que siguen bloqueando la modernización del país, presentándolas con una máscara reformista que desde luego es ficticia. Para decirlo con claridad: Si el sindicato de Pemex o el de Trabajadores de la Educación, por ejemplo, conceden las reformas mencionadas no es para promover un cambio que verdaderamente modernice las estructuras de poder, limpie la casa y cambien las cosas: Es que cediendo en lo poco, se quedan con lo más. Es la famosa lección de El Gato Pardo de Giussepe di Lampedussa: Cambiemos las cosas para que todo siga igual… O peor, si tomamos en cuenta lo nocivo que resulta el desengaño, el costo de oportunidad por no avanzar lo debido o el maquillaje rejuvenecedor de aquellas estructuras ya podridas.
De hecho, parte del precio que tuvo que pagar el gobierno para sacar adelante estas reformas, fue que se vio obligado a ceder en aspectos centrales de otra reforma, la electoral, que terminó conculcando garantías individuales fundamentales para la práctica democrática en una verdadera sociedad abierta[3]: En particular la prohibición a grupos autónomos de la llamada sociedad civil (organizaciones ciudadanas, profesionales y gremiales) de manifestar sus opiniones a través de inserciones pagadas en los distintos medios de comunicación social. También habría que señalar el impedimento de las “campañas negativas” (que bloquean la crítica legítima sobre ideas y acciones de gobierno[4]) y el fortalecimiento de una partidocracia llena de intereses creados que muy poco hace para la modernización de las estructuras sociales del país.
Así, pues, como vamos, podría ser que las nimias reformas logradas hasta ahora, resulten, a fin de cuentas, regresivas.
¿Cómo evaluar al gobierno de Felipe Calderón? Me parece que la opinión pública hace una adecuada valoración: En diversos sondeos, se califica razonablemente bien al Presidente, entre 6.5 y 7.5 (en escala de 1 a 10), pero, a juzgar por los resultados de la última elección y por lo que se escucha a nivel de calle y se lee en los distintos medios, no se califica bien la forma en que el PAN, ya con 9 años a cargo de la presidencia de la República y varios más como gobierno a nivel de estados y municipios, ha manejado la transición mexicana a la democracia.
Al Presidente Calderón se le aplaude porque al menos sus reformas han avanzado más que las que intentó Fox. Y se le aplaude también el valor cívico y moral con el que ha decidido enfrentar al narcotráfico. Pero, la verdad, es que ni su gobierno ni los gobiernos en general de Acción Nacional, han podido romper con las estructuras del antiguo régimen: El dinosaurio surgido de la Revolución Mexicana, con su corporativismo, sus prácticas y vicios sigue ahí. No sólo eso, para muchos observadores, los panistas han gobernado de manera muy parecida a como los priístas hacían. Esa es quizá la mejor explicación de por qué el PRI no sólo no se ha debilitado, sino incluso se ha fortalecido, tanto a niveles regionales (estados y municipios) como en el ámbito federal (en las cámaras de diputados y de senadores). El producto de esta dinámica lo captó a la perfección recientemente Jorge G. Castañeda en las páginas editoriales de Reforma: “Pa´priístas en el gobierno, mejor el PRI”[5]. Y Carlos Fuentes, de modo similar ha escrito: “Desengañados, los mexicanos votaron en 2000 por las oposiciones de derecha y de izquierda. No tardaron en comprobar que la corrupción no era monopolio del PRI pero que el PRI, con todo y corrupción, sabía gobernar…”[6]
Tras casi una década de gobiernos de Acción Nacional, los cambios estructurales que se esperaban con el cambio de régimen político, no se han dado. Y para muchos, la transición tan anhelada se ha quedado en mera alternancia sin mayor movimiento de fondo: Quizá distintas caras, pero la misma red de intereses creados[7], los mismos viejos poderes fácticos y los mismos problemas añejos que, sin resolverse, cada vez nos hunden más.
“Es el PRIAN: La misma gata, pero revolcada” ha dicho una y otra vez AMLO, como sería de esperar. Pero también hay voces dentro del PAN que acusan lo mismo: Dedazo, nepotismo, corrupción, incompetencia, negociaciones corporativas. A manera de ejemplo, recientemente, en declaraciones a la revista Newsweek, Santiago Creel acusaba[8]: “El Sistema Político Mexicano sigue siendo muy autoritario. Tenemos que lanzarnos a democratizar un sistema político que aún tiene enormes espacios para la corrupción”. Y en una dura crítica a la gestión del PAN en el gobierno federal (sin dejar de señalar que él mismo tiene y ha tenido su buena dosis de responsabilidad en ello), reprueba “las alianzas con personajes y causas que antes nosotros combatíamos” (por ejemplo los sindicatos de maestros y de PEMEX); reprueba también la forma en que se ha manejado la selección de candidatos al interior del propio partido, complicando la dinámica de la democracia interna en el PAN, tan admirada por propios y extraños en otros tiempos: “El Comité Ejecutivo Nacional se arrogó la decisión de elegir a más del 60% de los candidatos mediante designación”. Señala que los candidatos designados desde el centro, al margen de los procesos democráticos internos de cada sección, perdieron en el 80% de los casos. Y el senador y exsecretario de Gobernación se pregunta: “¿Qué es lo que representa hoy Acción Nacional? ¿Qué lo define? ¿Cómo se distingue el PAN del resto de los partidos? ¿Cómo se distingue el gobierno actual de los anteriores?”.
Ante las dudas respecto a preguntas tales, por lo pronto la ciudadanía está cambiando su apuesta: Porque ni a nivel federal ni en circunscripciones regionales se nota (suficientemente) la diferencia. Cambiar sólo el color de las patrullas en un municipio puede generar más enojo que percepción de cambio real. Pura fachada, pero detrás lo mismo. Y los errores de gobierno, algunos escándalos, la escasez de cuadros capacitados para gobernar, han llevado al electorado a quitar su apoyo al PAN en Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán, Cuautitlán, Huixquilucan, Toluca, Morelos, Querétaro, Jalisco o, antes, en Chihuahua.
Cuando a mediados de los 90′s Felipe Calderón llegó a la Presidencia del CEN del PAN, señalaba que el reto era “ganar la presidencia (de la República) sin perder el partido”. Hoy el PAN tiene una doble amenaza: Perder la Presidencia en el 2012 y llegar con un partido, si no perdido, sí debilitado, dividido y desilusionado.
¿Puede Acción Nacional recuperar su liderazgo y fortalecerse de aquí al 2012? ¿Cómo podría?
Durante décadas, el PAN ejerció un liderazgo muy importante para la transición a la democracia. Si no tenía el poder real, sí tenía autoridad moral. Pero su discurso, y su legitimidad, se basaban en la defensa de la democracia (y no era casual que Adolfo Ruiz Cortines los llamara “místicos del voto”) y la promoción de los valores éticos vinculados al pensamiento social cristiano. Con ello, las banderas del PAN giraban en torno a la promoción y defensa de libertades civiles, la crítica al “ogro filantrópico” que se había apoderado del Estado mexicano y la construcción de la “patria ordenada y generosa” desde abajo: Desde la acción de la sociedad civil.
En realidad, ese discurso, valioso y perdurable, le alcanzó para encabezar la transición con los frutos que hoy tenemos: México es hoy en verdad una República, democrática, representativa y federal; hoy en verdad los votos cuentan, se ejerce realmente una división de poderes, hay transparencia en la rendición de cuentas de los tres niveles de gobierno, hay libertad de expresión, y la llamada “Presidencia Imperial” ya es historia.
Se ha logrado con éxito la transición a la democracia y aplausos para Acción Nacional y otros actores que heroicamente la empujaron y le dieron forma. Pero sigue pendiente la modernización de las estructuras sociales y económicas del país.
Y es que el puro régimen democrático favorece la libre competencia entre grupos de poder, tiende a evitar abusos de parte de los poderosos, permite premiar o castigar a quien gobierna bien o mal, fomenta la transparencia, la rendición de cuentas y la crítica, que bien puede llamarse la madre del progreso. Pero no más. La democracia no resuelve por sí misma los grandes temas de la agenda nacional; no diseña políticas públicas; no hace arquitectura estratégica ni le pone contenido al nuevo diseño institucional.
La modernización de las estructuras sociales y económicas del país necesita que vayamos mucho más lejos del maravilloso andamiaje democrático: No sólo requiere fuerza y capacidad de negociación ante las otras fuerzas y actores del proceso político. Esa modernización requiere, ante todo, creatividad, imaginación, ideas novedosas que saquen del atasco en que se encuentra el debate público y renueven la agenda nacional. Y capacidad ejecutiva: La imperiosa necesidad de hacer.
Hoy, alcanzados ya los objetivos primarios de la Transición, es necesario darle contenido programático a la modernización mexicana. El liderazgo político debe definirse en términos de la capacidad de proponer una agenda nacional que pueda resolver los grandes problemas nacionales.
Hasta ahora, el gobierno de Calderón no lo ha hecho y realmente se ha limitado a tratar de sacar adelante, aunque sea “super-rasuradas”, las propuestas principales que se pusieron sobre la mesa el sexenio pasado. Pero ya se han echado por tierra otras reformas fundamentales como la política y la laboral. Y el gobierno básicamente ha concentrado su agenda en un tema verdaderamente fundamental, pero que, en buena medida, es una guerra que no hay modo de ganar si no se avanza, substancialmente, en la modernización integral de las estructuras sociales y económicas de México: La guerra contra el narcotráfico. Es urgente que se empiece a hacer lo que no se ha hecho. Y tres años de gobierno no son tan pocos como para irle dando forma a una nueva agenda política que le ponga contenido programático a la Transición mexicana. Si alguna posibilidad tiene el PAN para el 2012, ésta depende de que se le pueda ver, creíblemente, como el portador de este proyecto de modernización.
¿Qué temas debería tener una agenda para la modernización del país? Desde luego la agenda es muy amplia, pero consideremos lo siguiente:
I. Agenda económica.
a. Revolución fiscal. (Que no “reforma”). Se tiene que trabajar intensa y creativamente tanto por el lado del ingreso como del gasto. Sin IVA general no podrá ampliarse la base poblacional gravable, no se aumentará sustancialmente la recaudación y no se podrá utilizar el impuesto sobre la renta como instrumento para favorecer la inversión y fortalecer a las pymes. En cuanto al gasto, tiene razón AMLO: El derroche del gasto corriente y la improductividad de las estructuras de la administración pública federal, son de dar vergüenza.
b. PYMES. Las pequeñas y medianas empresas son la base de una economía dinámica y estructuralmente sana. El talento y la iniciativa empresarial necesita ser apoyado y fortalecido. En México las PYMES están más olvidadas que los pueblos indígenas y no es exagerado decir que son también un tema de seguridad nacional (son las principales generadoras de empleo y el principal medio promotor de la movilidad social: No habrá modo de acabar con la delincuencia sin pymes sanas y pujantes). Mucho se podría hacer desde la parte fiscal (para lo cual se requiere (a)), pero no sólo: Promover fondos de inversión de capital de riesgo y estrategias tipo cluster en torno a sectores estratégicos harían mucho bien.
c. Romper monopolios y promover la libre competencia en todos los sectores. Frecuentemente se señala que sin la Ley Sherman contra los monopolios, los Estados Unidos no hubieran podido promover el desarrollo abierto y sano de su economía. La destrucción creativa, base para el desarrollo de la economía liberal capitalista, es imposible sin pymes dinámicas y sin una legislación que favorezca la libre competencia. La estructura monopólica u oligopólica de la economía mexicana, hija del corporativismo político que hilvanó el tejido social del país durante el siglo XX, genera disfunciones brutales en las distintas cadenas productivas. Romper las estructuras de concentración de poder económico en telecomunicaciones, medios electrónicos y energía, con una ley antimonopolio, es factor crítico de éxito para la modernización integral de México: Lo mismo que pasó en lo político (contra el PRI como régimen de la Revolución y partido de Estado) tiene que pasar en lo económico (con esa poderosísima red de intereses que configura la verdadera Nomenklatura mexicana).
d. Economía agrícola. ¿Cómo concebir y desarrollar proyectos de innovación empresarial en el campo mexicano? ¿Se podrían promover fondos de inversión de capital de riesgo para proyectos agroeconómicos? ¿Cómo vincular la investigación en biología, ecología y ciencias de la vida para generar desarrollo en una de las vertientes fundamentales de lo que se conoce como “economía verde”? ¿Se puede hacer prosperar a las cooperativas de campesinos? ¿Qué rol pueden jugar los microcréditos para el desarrollo de pequeñas empresas adecuadas a la demanda de las comunidades agrarias? ¿Se puede modernizar y fortalecer la operación del Fondo Nacional de Empresas de Solidaridad?
e. Sistema financiero. Desde hace tiempo he pensado que los auténticos “non bank -banks” son los bancos que operan en México: Con una estructura competitiva muy orientado a los sectores de altos ingresos, al glamour, al juego bursátil. Pero muy alejado de las pymes, de la iniciativa empresarial y de los “pobres” que no realizan operaciones de mínimo seis ceros. ¿Habría sido posible el despliegue de la economía norteamericana sin la “democratización” del sistema financiero y la forma en que éste apoyó y acompañó las muy diversas aventuras empresariales propias de la economía de la “destrucción creativa” en los últimos 150 años? Venture capitalists, fondos de inversión, admiración y no menosprecio a los emprendedores. ¿Cómo se puede “democratizar” el sistema financiero pero no sólo para el consumo, sino, en especial, para la producción? Sin esto, no hay economía liberal posible.
f. Innovación científica y tecnológica. En plena economía del conocimiento, México casi no registra patentes. Cuando lo hace, éstas son mayoritariamente de empresas multinacionales que operan en México. ¿Cómo se vincula la investigación académica en ciencia y tecnología con el sector productivo? ¿Cuántos proyectos incubados en universidades e institutos de investigación se desarrollan realmente en empresas productivas? ¿Por qué será que las principales universidades privadas en México apenas tienen carreras de ciencias básicas y carecen de institutos de investigación? ¿Qué se hace desde la política pública para promover esto? ¡Pues algo debería hacerse porque esta situación es alarmante! Se podría empezar al menos identificando mejores prácticas al respecto de lo que hicieron hace unos 25 años Japón, Corea, India, España…
II. Agenda política.
a. Reforma del Estado. Como han señalado otros autores[9], vivimos en una parálisis política pasmosa desde 1997. El arreglo institucional que proviene de la Constitución Política de 1917, es ya claramente no insuficiente, sino disfuncional. Es imperativo promover una reforma sobre el funcionamiento del Estado mexicano que incluya, entre otras cosas lo siguiente:
i. Segunda vuelta en elecciones presidenciales.
ii. Reelección de diputados y senadores.
iii. Ampliación del periodo de gobierno municipal a 4 años.
iv. Restauración de un marco competitivo electoral con libertad de expresión.
b. Desmantelar el corporativismo, sobre todo a nivel sindical, promoviendo la democracia en la elección de los líderes y eliminando las cuotas forzosas, permitiendo a los agremiados la aportación voluntaria de las mismas. En particular, que el Estado no sea el retenedor de las cuotas sindicales de las centrales que tienen que ver con la actividad estatal o paraestatal (maestros, petroleros, burócratas)[10].
III. Agenda social.
a. Apuesta por las redes sociales y las organizaciones de la sociedad civil. Siendo la agenda social la más dolorosa de todas, es la que más imaginación requiere. Hasta ahora, el Estado mexicano, desde que arrebató la iniciativa de la agenda social a la Iglesia con las Leyes de Reforma, ha sido incapaz de resolver el problema de la marginación y la pobreza extrema. Y dada la estructura de las finanzas públicas y la magnitud tan brutal de las múltiples demandas hacia el presupuesto del estado, es urgente identificar otras alternativas. El siglo XXI, se suele decir, será el siglo de la sociedad civil para resolver problemas públicos. Según Peter F. Drucker, las organizaciones ciudadanas podrán resolver de manera mucho más eficiente, eficaz, productiva y rentable, tareas que antes se le dejaban al estado[11]. ¿Cómo se aprovechan los esfuerzos de las ONG’s en México? ¿Qué se puede hacer desde la coordinación del Estado para promoverlas y elevar su penetración, su capacidad de acción y su eficacia? ¿Cómo se puede vincular mejor a este tipo de organizaciones con el sector empresarial privado y la coordinación facilitadora del gobierno? ¿Cómo aprovechar mejor el movimiento de la Responsabilidad Social Empresarial?
b. Rediseño institucional y reingeniería de procesos en todas las dependencias de servicios sociales del Estado. Que “tienen poco amor y lo gastan en celos”. La improductividad, corrupción y falta de calidad de las distintas dependencias del sector social del Estado mexicano es impresionante: Desde el sistema de educación pública, al Instituto Mexicano del Seguro Social (con todo y guarderías). Dada la escasez de recursos y la inmensidad de la demanda en estos ámbitos, la improductividad aquí es imperdonable. ¿Qué otros diseños organizacionales podría haber para elevar la eficacia institucional y la eficiencia operativa en estas dependencias? ¿Cómo se pueden reestructurar los procesos y ganar velocidad y calidad?, ¿qué puede hacer la tecnología?[12]
Y con todo, claramente nos quedamos cortos.
Hoy, cuando algunos anuncian que el sexenio calderonista ya murió; que la derrota electoral del 5 de julio ha dejado al Presidente sitiado y sin más cartuchos que los del Ejército y la PFP en la cruzada contra el narcotráfico, se puede retomar el liderazgo definiendo la agenda, trazando un proyecto, diciendo hacia dónde, señalando los temas para abrirle paso al futuro de México: ¡Ejercer el liderazgo para la modernización!
No es que haga falta un “proyecto alternativo de nación” como dice AMLO. Es que hace falta un proyecto. Urge poner sobre la mesa una agenda para el futuro. Es necesario tomar la vanguardia, sin olvidarse de la ciudadanía ni de los principios del PAN.
[1] Diario
Reforma, suplemento “Enfoque”, 19 de julio de 2009. P. 5.
[2] Ibid.
[3] Véanse en particular los análisis que al respecto hizo el Dr. Jaime Sánchez Susarrey en su columna sabatina del periódico Reforma durante el 2007 (en particular la del 22/09/07).
[4] Y que fue causa fundamental del vacío de contenidos inteligentes en las campañas electorales previas a las recientes elecciones del 5 de julio.
[5] Reforma, 9 de julio de 2009.
[6] Reforma, 17 de agosto, 2009.
[7] “México muere porque el Sistema vive”, señala cínicamente Roberto Madrazo en su libro El Despojo. A Belcebú le ha dado asco el Infierno.
[8] Newsweek-español, agosto 10, 2009. P 18 y ss.
[9] Véase El Evangelio de la Transición, de César Cancino, ed. Debate. Y también Jorge G. Castañeda y Manuel Rodríguez Woog, “Una agenda para el 2012″, suplemento “Enfoque”, Reforma, 9 de agosto de 2009.
[10] Véase el interesante planteamiento que al respecto hacen Castañeda y Rodríguez Woog en el texto ya citado.
[11] Cfr. De Peter F. Drucker dos textos fundamentales: Las Nuevas Realidades y Gerencia para el Siglo XXI.
[12] Aquí conviene referirse a dos textos que marcarán la pauta del diseño organizacional en el futuro: Reimagina, de Tom Peters y The Future of Management, de Gary Hamel.